En momentos de crisis, hay tiempo para meditar un replanteamiento social, un respiro para la Tierra y quizá un espacio para aquellos que mueven las piezas. Recordemos hace 11 años la influenza AH1N1, y hacia atrás, la gran cantidad de pandemias por las que ha pasado la humanidad, que traen, como resultado, grandes cambios económicos, sociales y geopolíticos; así se reconstruyen las realidades.
El caos es rizomático y colectivo. Se expande sin distinguir clases ni territorio. Las interseccionalidades se vuelven clave y guían el rumbo en momentos que parecen decisivos.
Mientras algunos sienten miedo, la necesidad de cambio o movimiento, para otros todo continúa; no puede parar y nada se detiene realmente. No obstante, también se hila la esperanza, cambios colectivos que nos unen y nos hacen repensar lo construido. El descanso a la Tierra, la unidad y desapego al control de las situaciones, es una oportunidad de cambio.
Enfermeras han sido blanco de agresiones / Foto: Ricardo Azarcoya
Un hombre maneja un auto descapotable utilizando un cubrebocas. / Fotos: Ricardo Azarcoya
Un hombre camina afuera de la Unidad De Medicina Familiar (UMF) 16 del IMSS. / Fotos: Ricardo Azarcoya
Una fotografía de la prensa escrita e impresa. / Fotos: Ricardo Azarcoya
A pesar de la comunicación de masas, la velocidad de la creación y transmisión de mensajes, los espirales de silencio y las estrategias de las que somos parte, hay un llamado de conciencia al ritmo de vida que llevamos, pausas que se vuelven líneas de fuga para permitir la reflexión entre la crisis de los relatos.
Es necesario replantear la forma de mirar, comunicar con precisión y compartir nuestra solidaridad con los demás. La complementación pública y privada va a ser imprescindible, pero desde la construcción colectiva y ciudadana con empatía y responsabilidad, acompañada del reconocimiento de privilegios y vulnerabilidades, podemos reconstruir y tejer de nuevo nuestra sociedad.