Miles de mujeres se sumaron al reclamo de justicia y seguridad en las principales ciudades de México
Alhelí Lara Rodríguez
Sonidos de guerra. Ecos de consignas contra la violencia, el agresor y Gobiernos omisos a la desaparición y asesinato de mujeres en México. Las cifras no mienten, como tampoco las historias que se escucharon durante las marchas de ayer en diversas ciudades como Querétaro, Guadalajara, Ciudad de México, Colima, Puebla, entre otras.
Ayer, factores como la edad, la condición social, el género, el estado o el país de procedencia era irrelevante. En la Ciudad de México, la marcha partió a una sola voz desde el monumento a la Revolución en dirección al zócalo capitalino: “¡Justicia, justicia, justicia!” clamaban.
Contrario a las especulaciones vertidas en días anteriores por seguidores del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), por partidos políticos, legisladores o exmandatarios, la demanda en realidad se conjuntaba en una: castigo al agresor, igualdad, respeto a los derechos y seguridad.
Pocas menciones se hizo del titular del Ejecutivo federal, menos aún, de colores partidistas. Si a caso, risas de incredulidad ante el discurso que AMLO emitió horas antes en el estado Zacatecas, donde alabó la “aportación y contribución abnegada” de Margarita Maza de Juárez.
El domingo 8 de marzo, la ‘ola morada’ –compuesta por entre 80 mil y 100 mil personas– hacía un llamado: “¡Vivas se las llevaron vivas las queremos!”. Para recordar esas desapariciones, un grupo de jóvenes tiñeron de rojo el agua de las fuentes de La Diana Cazadora y la ubicada frente a la Torre del Caballito.
El primer contingente no solo abría paso, también lograba erizar la piel de quienes observaban su paso hacia Bellas Artes, donde harían un primer descanso.
“Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”, gritaban a quienes tomaban fotos, selfies y videos.
Eran madres, hermanas, amigas de mujeres asesinadas como Alejandra, chica de Chihuahua que estuvo en cautiverio por seis días para después morir en manos de agresores, mismos que siguen libres. Su madre, Norma, cuenta que 19 años después, continúa su exigencia de justicia.
Foto: Especial
Poco a poco hombres y mujeres se unían a la marcha. Entre ellas, las anarquistas que no encontraron eco en sus acciones violentas contra comercios, edificios públicos y la puerta de Palacio Nacional.
El objetivo era otro: cimbrar al mundo, alzar la voz, hacer visible lo que parece invisible, incluso, ante la prensa extranjera que se dio cita en diversos puntos.
Hombres que se topaban con el paso de los contingentes tímidamente retrocedían o bien, se sumaban a la demanda.
En el trayecto, las ateneas –el grupo de seguridad del Gobierno capitalino– resguardaba los sitios clave como edificios históricos. Algunas, de manera discreta, mostraron muecas de apoyo al movimiento que se dio en el marco del Día Internacional de la Mujer.
Al son de la frase “Con ropa, sin ropa, mi cuerpo no se toca”, se irrumpió en el Centro Histórico. Ayer, el bullicio del comercio calló por unas horas. Los grandes almacenes y tiendas cerraron ante el temor de ser vandalizados. Ese bullicio se sustituyó por los gritos de “alerta, alerta”. “Somos malas, podemos ser peores y al que no le guste, se jode, se jode”. Incluso, para descansar un poco, optaron por los saltos “ El que no brinque es macho”.
Ya en la plancha del Zócalo, las cruces fueron colocadas. Las fotografías daban cuenta del temor que día con día viven las mexicanas. Una bandera negra se apoderó del asta y un tendedero a disposición de las manifestantes daba cuenta de los reclamos individuales, mientras en un pequeño templete se hacía el ‘pase de lista’ de feminicidios. La megafogata frente a la Catedral Metropolitana permitió a las asistentes hacer catarsis.
Poco a poco las manifestantes se retiraron, no sin antes dejar una profunda huella en el corazón y en la historia de México.