Si bien tras críticas de diversos sectores, Castillo presentó una nueva versión de su plan de gobierno y sus propuestas insisten en devolverle un rol protagónico al Estado.
Aunque las vías para implementar sus políticas, que incluyen convocar a una Asamblea Constituyente dirigida a reemplazar a la vigente, no están libres de obstáculos (Perú Libre tiene solo 37 congresistas de 130 en el parlamento), lo cierto es que en la segunda vuelta Castillo abandonó algunas de sus promesas más extremas, como la pena de muerte para los corruptos y el desmantelamiento de la Defensoría del Pueblo, y se comprometió a respetar el Estado de derecho, pero solo ha matizado su discurso y sus propuestas económicas.
Y, a pesar de su negativa a buscar el centro, el apoyo a Castillo se ha mantenido en las encuestas, que ha liderado prácticamente hasta este fin de semana. Una encuesta de principios de mayo de IPSOS revelaba que un 54 por ciento de peruanos quiere cambios moderados al modelo económico, y un 32 por ciento, cambios radicales. Solo el 11 por ciento apuesta por la continuidad.
Las elecciones de 2006 y 2011 eran indicios de un sentimiento similar, pero sin duda la pandemia catalizó la crisis del modelo económico.
Aunque las reformas de mercado que se adoptaron en el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000) han tenido éxito en términos de estabilidad macroeconómica y prosperidad, la pandemia provocó un retroceso de diez años en la lucha contra la pobreza, merced a la cual más de 3 millones de personas cayeron nuevamente en ella.
Hasta poco antes de la pandemia, el progreso económico era tangible, aunque venía perdiendo ímpetu. Entre 2002 y 2013, Perú fue uno de los países que más creció en América Latina, a un promedio de 6,1 por ciento anual. El ritmo decreció a 3 por ciento entre 2014 y 2019, pero igual contribuyó a que la pobreza bajará de 52,2 por ciento en 2005 hasta el 20,2 por ciento en 2019, y que la extrema pobreza rural se redujera hasta menos del 10 por ciento en el mismo periodo.
El crecimiento económico y la reducción de la pobreza coincidieron con un superciclo de materias primas, el cual Perú, como uno de los principales exportadores de minerales en el mundo, supo aprovechar muy bien gracias a una economía ordenada y abierta al mercado. Esa estrategia incluyó también una agresiva promoción de agroexportaciones que permitió al país convertir su desértica franja costera en una de las principales fuentes de uvas, espárragos, arándanos y otros cultivos a nivel global.
Esta historia de éxito, no obstante, contrasta con la suerte de un amplio sector de la población que quedó relegada. Como en otras partes del mundo, la globalización dividió a la sociedad en ganadores y perdedores. Los ganadores de esas reformas han defendido y sostenido el modelo año tras año y en cada elección. El impacto de la pandemia debilitó ese bastión de defensa y facilitó el ascenso de un candidato radical como Castillo.
La pandemia también acentuó la desigualdad. En el mismo periodo que 3 millones de peruanos caían debajo de la línea de la pobreza, cuatro nuevos peruanos se convirtieron en multimillonarios, y entre los seis identificados por Forbes acumulan una fortuna estimada en más de 11,4 trillones de dólares.
La estrategia del modelo económico peruano ha sido positiva, como lo muestran los números, pero deficiente: 3 de cada 4 trabajadores son informales en Perú, y bajo el eufemismo de clase media vulnerable escondimos muy bajos niveles de ingresos que se evaporaron con un shock externo como la pandemia.
Para evitar que el modelo se agote, como ha sucedido en Chile, se tiene que adaptar. Lamentablemente, ante intentos desde el Estado de extender la receta agroexportadora a otros sectores, la respuesta fue vehemente en defensa de la llamada “mano invisible” del mercado, cuando fue muy visible a la hora de elegir ganadores entre los agricultores costeros, con rotundo éxito.
Si el modelo sobrevive al 6 de junio, requerirá de una actualización urgente. No se puede soslayar el malestar y las demandas de cambio, ni justificarlas por los estragos únicos de la pandemia. Hace dos décadas que sabemos esto pero la complacencia y la ideología nos ganó.
Es necesario que el Estado acompañe la expansión del modelo, con inversión en capital humano e impulso a la productividad, por nombrar dos medidas, para que más peruanos sean parte de sectores ganadores y no vean atractivas ideas y políticas probadamente fallidas en el Perú y en la región.