Como una reacción natural, me apliqué y me puse a indagar sobre el fenómeno que experimentaba con Luneto. Mis pesquisas me llevan a concluir que somos proclives a tener mascotas, siendo este gusto parte de nuestro perfil de personalidad: buscamos disminuir el estrés y la sensación de soledad o, sin saberlo, mejorar la salud del corazón e, incluso, llegamos a utilizarlas con los niños para reforzar sus habilidades emocionales y sociales.
Quedó dicho que no soy de animalitos y que Luneto me eligió a mí, demostrando, con regia elegancia, su supremacía. Este atrevido gato fue un vago irredento, naturalmente, entrando y saliendo a su antojo de mi… perdón, su casa sin previo aviso.
Me imaginaba que sus siete vidas las exponía cotidianamente, saliendo librado de posibles encuentros, pues había ocasiones en las que salía entero y regresaba con raspaduras propias de alguna reyerta o lo veía, de lejos, llegando a la ventana de una casa vecina para visitar a una gatita que, igual, lo buscaba estirando el cuello, suspirando, viendo la ventana de mi… perdón, la casa de Luneto.
Sin saberlo, me encantaba el coqueteo de ambos animalitos, demostrando lo que dije antes: las mascotas descubren nuestra personalidad. Me encanta ver cómo surge el amor entre dos seres vivos. (2/3). [email protected]