Después del golpe de estado en Birmania, un diplomático de carrera se pronuncia
Después del golpe de estado en Birmania, un diplomático de carrera se pronuncia
El 1 de febrero, cuando los generales tomaron el control absoluto de Birmania, acortando un experimento de una década de reformas democráticas limitadas
El 1 de febrero, cuando los generales tomaron el control absoluto de Birmania, acortando un experimento de una década de reformas democráticas limitadas
Hannah Beech
Él sabía que su voz se quebraba. Pero Kyaw Moe Tun, el enviado principal de Birmania ante las Naciones Unidas, continuó. Los gobernantes militares que habían derrocado al gobierno electo democráticamente en Birmania y que asesinaron a tiros a manifestantes pacíficos eran ilegítimos, aseguró.
Pronunció las palabras de manera torpe, a veces con un tono demasiado alto, y a veces demasiado bajo.
“Continuaremos luchando”, dijo, “por un gobierno que es de la gente, por la gente y para la gente”.
Kyaw Moe Tun, un diplomático de 51 años en un traje oscuro con corbata, levantó su mano haciendo el saludo desafiante de tres dedos de las películas de “Los juegos del hambre”, que han llegado a simbolizar al movimiento de protesta de millones en contra de los golpistas en Birmania. En Nueva York, la reunión de la Asamblea General de la ONU resonó con aplausos.
Cuando Kyaw Moe Tun llegó a su casa esa noche del 26 de febrero, su familia se reunió a su alrededor. Él no les había dicho lo que planeaba hacer, aseguró. Su hija de 12 años, como cualquier niña preadolescente, tenía algunas sugerencias.
Papá, dijo, no hiciste bien el saludo de los tres dedos. Se supone que tus dedos deben estar juntos, no separados. Ella dijo que de todas maneras estaba orgullosa de él, recordó Kyaw Moe Tun.
“La generación joven, ellos saben de democracia”, aseguró el diplomático. “Yo también sé de democracia, y quería hacer algo con un impacto máximo para mostrar lo conmocionado que estoy de que en el mundo moderno el ejército ejecute un golpe como este que no es aceptable”.
El 1 de febrero, cuando los generales tomaron el control absoluto de Birmania, acortando un experimento de una década de reformas democráticas limitadas, estos seguramente no esperaban que incitara tanta resistencia entre los responsables del funcionamiento de la sociedad: diplomáticos, maestros, doctores, trabajadores ferroviarios, cajeros bancarios, obreros de las centrales eléctricas e incluso oficiales de policía.
Mientras que jóvenes manifestantes desarmados han tomado las calles todos los días, desafiando las balas y la detención arbitraria, otros han mantenido un movimiento de desobediencia, conocido en Birmania como CDM, al negarse a trabajar para los líderes militares. Gran parte del aparato estatal ha detenido su operación. Los bancos están cerrados, las clínicas del gobierno están vacías. Algunas líneas de tren se han paralizado.
Y en los enrarecidos confines de las embajadas de Birmania en todo el mundo, los diplomáticos se enfrentan con el hecho de si deberían representar a un ejército que ha encerrado a sus líderes electos.
“Decidí que lo que sea que haga, me negaré”, expresó Kyaw Moe Tun. “Nunca aceptaré al régimen militar”.
Kyaw Moe Tun no nació siendo un rebelde. Su padre trabajó para un partido socialista asociado con el jefe del ejército que organizó el primer golpe de estado en 1962, marcando así el comienzo de casi medio siglo de gobierno militar aislacionista.
En 1988, cuando otros estudiantes de la Universidad de Rangún se unieron a las manifestaciones multitudinarias en favor de la democracia, él se mantuvo alejado de las calles de la ciudad más grande de Birmania.
Después de la sangrienta represión de las protestas de 1988, las universidades fueron cerradas a la fuerza. Kyaw Moe Tun era un estudiante de tercer año sin un título universitario o alguna manera de ganarse una vida digna. Burma, como el país era conocido entonces, quizá alguna vez fue famoso por sus ciudades políglotas, sus arrozales fértiles y sus destacadas universidades, pero décadas de un inepto gobierno militar habían dejado al país en estado de descomposición.
Como millones de personas de Birmania, Kyaw Moe Tun escapó del país como un obrero inmigrante. Ensambló refrigeradores y cubiertas de luces fluorescentes pintadas con aerosol en Malasia, y luego se unió a la tripulación de un barco en Singapur.
Ese primer viaje al extranjero, en diciembre de 1988, lo sorprendió. Al llegar al aeropuerto de Bangkok, el aire acondicionado le pareció suntuoso, y la televisión embriagadora. También había luces en todos lados, un festín de electricidad. Rangún siempre sufría de apagones, la oscuridad que descendía después de la puesta del sol; un aire pegajoso que no era acondicionado.
En 1991, después que las escuelas reabrieron, Kyaw Moe Tun regresó a casa. Fue difícil, según dijo, describir a sus padres cuán atrasada estaba su patria en comparación con el resto de la región. A principios del siglo, las sanciones financieras, impuestas a Birmania por las naciones occidentales por el terrible historial de derechos humanos de la junta, estaban arrastrando al país a un retroceso mayor.
Después de graduarse de la universidad, Kyaw Moe Tun ascendió poco a poco en el Ministerio de Relaciones Exteriores, incluso cuando algunos de sus antiguos compañeros de estudios sufrían como prisioneros políticos. Kyaw Moe Tun ejerció como tercer secretario en la embajada de Yakarta, la capital de Indonesia, luego trabajó en Nueva York y Singapur.
En el año 2011, la junta comenzó una cautelosa apertura del país. Cuatro años después se realizaron unas elecciones en las que la Liga Nacional para la Democracia, el partido fundado por Aung San Suu Kyi, aplastó al partido respaldado por los militares.
Suu Kyi, quien pasó 15 años bajo arresto domiciliario, se convirtió en canciller y en la líder civil de facto en el país. El ejército aún controlaba gran parte del gobierno, el parlamento y la economía, pero Birmania ya no estaba aislada en el totalitarismo tropical.
En 2018, Kyaw Moe Tun fue enviado a Ginebra como embajador y representante ante la oficina de las Naciones Unidas en ese país. Aunque la vacilante transición política que se desarrollaba en Birmania había ganado admiradores deslumbrantes como el expresidente Barack Obama, que visitó el país en dos oportunidades, la realidad de la brutalidad instintiva de los militares se combinó con la limpieza étnica de los musulmanes rohinyá, una campaña que se intensificó en 2017.
En vez de condenar las ejecuciones sistemáticas, las violaciones y los incendios, Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz, defendió a los generales. Hubo pocas protestas en Birmania por la brutal persecución de las minorías étnicas. Suu Kyi defendió al ejército en La Haya, Holanda, donde Birmania fue acusada de genocidio contra los rohinyá. Los diplomáticos de Birmania, incluido Kyaw Moe Tun, se alinearon y se hicieron merecedores, junto a todo el país, del desprecio internacional.
En octubre, Kyam Moe Tun presentó sus credenciales como representante permanente de Birmania ante las Naciones Unidas. En su país, rumores de un golpe de Estado se difundieron antes de las elecciones de noviembre, que la Liga Nacional para la Democracia ganó por una mayoría abrumadora. Los militares gritaron fraude y la habladuría sobre un golpe de Estado se intensificó.
El primer día de febrero, el ejército, liderado por el comandante en jefe Min Aung Hlaing puso bajo arresto al liderazgo civil de esa nación, para luego acusar a Suu Kyi y al presidente del país de violar una desconocida ley de importación. Docenas de funcionarios de la cancillería fueron arrestados después de participar en el movimiento de desobediencia civil.
En Nueva York, Kyaw Moe Tun fue despedido por los gobernantes militares de Birmania y acusado de alta traición. Pero se negó a regresar, y el diplomático que fue elegido para remplazarlo renunció. Por su parte, las Naciones Unidas se han negado a reconocer el despido de Kyaw Moe Tun. Por ahora, al menos, se queda.
“Soy un servidor civil, y sigo las instrucciones del gobierno, pero el ejército tomó ilegalmente el poder del Estado”, explicó Kyaw Moe Tun. “Ahora es el momento de mostrar nuestra verdadera naturaleza, nuestros deseos verdaderos. Es nuestro deber con el pueblo de Birmania”.