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Espera y sorpresa

Espera y sorpresa
La voz del vicario de Cristo Todos vivimos en la espera, con la esperanza de oír un día esas palabras de Jesús: «Venid benditos de mi Padre» (Mt  25,34). Estamos en la sala de espera del mundo para entrar en el paraíso, para participar en ese “banquete para todos los pueblos” del que ha hablado ... Leer más
El Observador
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6 de noviembre 2022

La voz del vicario de Cristo

Todos vivimos en la espera, con la esperanza de oír un día esas palabras de Jesús: «Venid benditos de mi Padre» (Mt  25,34). Estamos en la sala de espera del mundo para entrar en el paraíso, para participar en ese “banquete para todos los pueblos” del que ha hablado el profeta Isaías (cf. 25,6). Él dice algo que nos calienta el corazón porque cumplirá precisamente nuestras expectativas más grandes: el Señor «consumirá la Muerte definitivamente» y «enjugará las lágrimas de todos los rostros» (v. 8). ¡Es hermoso cuando el Señor viene a enjugar las lágrimas! Pero que malo es cuando esperamos que sea otro, y no el Señor, quien las enjugue. Y peor todavía es no tener lágrimas. Entonces nosotros podremos decir: «Este es nuestro Dios quien esperábamos —el que enjuga las lágrimas—; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación» (v. 9). Sí, vivimos a la espera de recibir bienes tan grandes y hermosos que ni siquiera logramos imaginarlos, porque, como nos ha recordado el apóstol Pablo, somos «herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm  8,17) y “esperamos vivir por siempre, anhelamos el rescate de nuestro cuerpo” (cf. v. 23).

Hermanos y hermanas, alimentemos la espera del Cielo, ejercitémonos en el deseo del paraíso. Nos hace bien hoy preguntarnos si nuestros deseos tienen que ver con el Cielo. Porque corremos el riesgo de aspirar continuamente a cosas que pasan, de confundir los deseos con las necesidades, de anteponer las expectativas del mundo a la espera de Dios. Pero perder de vista lo que cuenta para seguir el viento sería el error más grande de la vida. Miremos hacia arriba, porque estamos en camino hacia lo Alto, mientras que las cosas de aquí abajo no irán allí arriba: las mejores carreras, los más grandes éxitos, los títulos y los reconocimientos más prestigiosos, las riquezas acumuladas y las ganancias terrenas, todo desvanecerá en un momento, todo. Y toda expectativa puesta en ellas quedará defraudada para siempre. Y, sin embargo, ¡cuánto tiempo, cuántos esfuerzos y energías gastamos preocupándonos y entristeciéndonos por estas cosas, dejando que la tensión hacia el hogar se desvanezca, perdiendo de vista el sentido del camino, el destino del viaje, el infinito al que nos dirigimos, la alegría por la que respiramos! Preguntémonos: ¿vivo lo que digo en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro»? ¿Y cómo va mi espera? ¿Soy capaz de ir a lo esencial o me distraigo con tantas cosas superfluas? ¿Cultivo la esperanza o voy adelante quejándome, porque le doy demasiado valor a tantas cosas que no cuentan y que luego pasarán?

Hoy el Señor nos recuerda que la muerte viene a hacer la verdad sobre la vida y quita cualquier circunstancia atenuante a la misericordia. Hermanos, hermanas, no podemos decir que no lo sabemos. No podemos confundir la realidad de la belleza con el maquillaje hecho artificialmente. El Evangelio explica cómo vivir la espera: se va al encuentro de Dios amando porque Él es amor. Y, en el día de nuestra despedida, la sorpresa será feliz si ahora nos dejamos sorprender por la presencia de Dios, que nos espera entre los pobres y los heridos del mundo. No tengamos miedo de esta sorpresa: vayamos adelante con las cosas que el Evangelio nos dice, para ser juzgados justos al final. Dios espera ser acariciado no con palabras, sino con los hechos.

MT

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