Leonarda, extrañada y en medio de estas sensaciones, se enfrenta a un entorno seco y frío desconocido por ella, propio del poder político. Nunca se imaginó en un escenario como este; así como que jamás pensó que ella, de recia personalidad, estuviera atemorizada. Su mundo era angosto y pequeño, su cenaduría o los baños en Pathé. Su vida transcurría en las callejuelas de una taciturna ciudad y sus conventos, siempre acompañada de su leal Benito y su mujer. Estaba segur de que ‘El Amito’ era todo a lo que ella podía aspirar en el ámbito de lo amoroso, al igual que sus compinches, oscuros personajes medio salvajes.
‘La Carambada’, bajando unos minutos antes por la Calle del Biombo en su ruta al Hotel de marras, pudo admirar la imponente fachada de San Francisco y la graciosa placita frente a Santa Clara. Recordó cómo don Guillermo Prieto la acompañaba llevándola del brazo con gentileza, como si fuesen novios, siempre atento. Se agolpaban los eventos y sensaciones en el ánimo de Leonarda y se urgió a retomar el control de sí misma. – ¿Habré sido prudente al aceptar esta invitación para conocer al señor Juárez, enemigo de la Santa Fe? ¿Estando aquí, me estoy entregando a las autoridades, siendo don Guillermo el verdugo? ¿Seré tan necia, al haber creído en el inocente de Bernardino y las supuestas buenas intenciones del poeta y periodista Prieto? Sin darse cuenta, en unos segundos, ambos estaban en una antesala pequeña, viéndose obligada a interrumpir sus cavilaciones.
– Buenos días don Guillermo, qué gusto volver a verlo, los recibe la atenta voz de doña Margarita, esposa del Presidente. Dirigiendo una breve mirada a Leonarda, comenta: – Ahora sale Benito a recibirlos.
Leonarda queda impávida al ver que Doña Margarita, es una mujer sencilla de mediana estatura y de piel ajada, no por sus descuidos, sino por las inclemencias de los terregales, las malas pasadas y hasta el haber padecido privaciones de todo tipo. Ese es el precio de andar de la seca a la meca, siempre al lado de su marido, el tozudo político a quien la historia le tenía un lugar reservado. Prieto introdujo a Leonarda.
– Siéntense señorita, por favor. Micaela, ofrece algo a nuestros invitados, los que aceptan un poco de agua, más por cortesía que por necesidad. Se hizo un silencio en el saloncito, antes de que la anfitriona preguntara a Prieto:
– Y dígame, ¿cómo le ha ido en este su último viaje a esta ciudad tan hermosa?
– La verdad es que en cada viaje que realizo, me encuentro con cosas excepcionales. Su gente tan amable y devota… En ese instante, la señora pregunta a Leonarda:
– ¿Es cierto eso señorita, de que usted es muy devota como buena queretana? Un poco sorprendida la muchacha responde
– De la Virgen del Carmen, señora, igual que mi abuela Francisca.
– Pues ha de saber usted que junto con mi marido, somos devotos de la Virgen de la Concepción, señalando con la mirada un hermoso cuadro colocado cuidadosamente sobre una mesita. Continúa diciendo: Esta santa imagen de la virgencita conoce todos los caminos de México, la traemos como custodio en cada jornada. Es nuestra guardiana principal.
Al enterarse La Carambada de este rasgo espiritual en la pareja presidencial, doña Margarita pudo percibir un gesto de extrañeza en la cara esta. Al mismo tiempo, y sobre la misma mesa, la curiosa y vivaz Leonarda descubre una fotografía familiar en la que aparecen dos mujeres sentadas junto a don Benito Juárez. La Sra. Juárez, dándose cuenta de esto, le comenta
– Esta fotografía es mía y la llevo pegada a mí, igualmente en nuestras jornadas, para arriba y para abajo. Nos la tomaron el día que bautizamos a nuestras hijas gemelas, Josefa y Jesusa. No sé por qué, pero le tengo un aprecio especial a esta fotografía en la que estamos mi marido y yo y Manuela, la madrina de las niñas, amiga de la casa por muchos años. Mi marido insiste en llevar esta fotografía en todas sus travesías, ya que en ello, me siente a su lado, asegurándome que soy su inspiración para todo. La señora expresa en este instante, un tono enamorado en sus pupilas. Estas últimas palabras conmovieron no sólo a Leonarda sino al mismo Prieto, que señaló
– Así es señora mía, Usted es una fuente inagotable de fortaleza para nuestro Presidente. No lo dude un instante. Algún día nuestro país se lo agradecerá.
Abrumada por este comentario, se incorpora y dice
– Permítanme un segundo, por favor… regresando casi de inmediato, en compañía del personaje nacional y a quien regañaba por dejar esperando tanto tiempo a Guillermo, diciendo
– Don Guillermo, aquí está su amigo.
– Perdóname amigo mío… pero el tiempo es mi mayor enemigo, apenas me pude rasurar y por más temprano que comienzo mi día, éste se me escapa como agua entre los dedos. Apenas don Benito ocupó una silla, a un lado de La Carambada, esta fue presa de un ataque de pánico: Estaba frente al hombre más importante del país… si, el enemigo de todo aquel que vistiera sotana o lo que oliera a incienso o santidad. Mientras Juárez, con una mirada limpia y penétrate como daga, corto de estatura, muestra un físico recio, envuelto en un traje negro bien acicalado, con unos zapatos aseados, nada nuevos. Nuestro personaje era congruente con el del carruaje negro que se halla en los patios del hotel. Con una sonrisa seca pero afable y sincera, el zapoteco mostraba un perfil muy propio de la raza indígena, curtido en la pobreza, marcado por las necesidades insatisfechas, condenado a ver un mundo no más allá del rebaño o el hato lechero de traspatio, con una o dos vacas generosas. El señor presidente de una voz templada, cuidadosa y refinada, no dejaba de ser sólida, sonora y clara. La voz de un hombre que sabe ordenar con inteligencia y equilibrio, además de ser orador experimentado. Sin duda, sus discursos, escuchados desde la tribuna del Congreso de la Nación y durante los recorridos de corte político, fueron escuchados con asombro y confianza. Leonarda quedó atraída por el personaje, pero sobre todo, por la fuerza contenida en los pequeños ojos, negros y en febril movimiento. Juárez, dirigiéndose a la joven aun sorprendida, le dice
– Señorita Leonarda ¿Verdad? Permítame felicitarla por vivir en una ciudad tan bella e históricamente tan importante. Siempre me he sentido como en mi propia casa, aunque me he enterado de que la sociedad de esta región, se siente atacada por bandoleros y gente de mal -termina diciendo el funcionario en tono sarcástico…. remata diciendo que todo es producto del amor por el dinero y si este es ajeno, mejor…. Queriendo suavizar el comentario.
Leonarda quedó de una pieza, petrificada. Sintió que es ese momento aparecería una picota de gendarmes para llevársela… ¡Aquí acabó La Carambada! Gritó para sus adentros. Pero, cosas de la vida que nos tiene guardadas, en este mismo instante, aparece un militar, un hombre joven de una estampa varonil impecable, ojos garzos y mostrando un bigote corto y cuidadosamente recortado, llamando la atención de Leonarda. Con un recio y sonoro saludo militar, dice al jefe supremo:
– Las vías están seguras Señor Presidente, podemos partir cuando Usted lo decida.
– Gracias Coronel, pero antes permítame presentarle a un gran amigo mío, el poeta y periodista don Guillermo Prieto y su acompañante la señorita Leonarda. Perdón, su apellido es…
– Martínez, Señor Presidente.
– Eso es, Martínez.
En ese preciso instante, Leonarda escuchó claramente la orden al joven militar: “Ésta gentil damita, es nada más y nada menos, que la famosa ladrona que azota los sacrificados caminos reales, conocida como ‘La Carambada… ¡Carguen con ella ahora mismo!” La despierta la sedosa voz del Coronel:
– Encantado de conocerla señorita, fijando una mirada fogosa en ella. Leonarda estuvo cerca del desmayo: en un instante todo fue un torbellino de sensaciones… las fantasías y diálogos inventados, la mirada encendida del Coronel y su recia y callosa mano, la cautivadora presencia de la pareja presidencial, el excitante sabor del poder. Sí, todo se le juntó a la modesta otomí y al recuerdo de su abuela Francisca. Todo en instantes.
Dirigiéndose a Prieto, señaló don Benito
– Bajemos unos momentos para revisar algunos detalles de la jornada que se antoja larga y hasta peligrosa… voy a Durango para ver este asunto del Registro Civil, para dejar en paz al clero de esta monserga de registrar los nacimientos, muertes y matrimonios de los mexicanos. Esa es una responsabilidad civil que debe asumir el gobierno, administrador de lo público por naturaleza propia.
El comentario del presidente irritó a Leonarda, pero lo que en verdad la desquició, fue el hecho de que los hombres salieran del recinto, disculpándose con las damas, excluyéndolas sin más, de los asuntos realmente serios y graves. Ellas, las mujeres, bien debían quedarse a comentar cosas menores. A la señora Margarita esto no le importaba, pues sabía que tenía dos canchas para ella solita con su esposo: la alcoba y las largas travesías, escenarios en los cuales ella sí podía ser escuchada por el estratega. Prieto interrumpe a Leonarda en su rabieta, diciéndole:
– Nos disculpa señorita, creo que el Señor Presidente quiere comentar asuntos delicados de manera confidencial, Usted entiende, ¿verdad? La atención de Prieto es correspondida con un femenino gesto de aprobación.
Leonarda queda sola en la salita por algunos instantes y que le permiten recobrar el aliento, después de haber sufrido intensamente, demasiados eventos en tan corto tiempo y espacio. Tallándose las manos que conservaban todavía el cálido recuerdo del recio militar, recuerda su punzante mirada, pero, sobre todo, la abierta sonrisa, mostrando una dentadura alineada e impecablemente limpia. Este emocionante paquete lo llevará clavado en su cabeza y muy pronto en el corazón.
Más serena, recorre de nuevo la imagen de la Virgen, la de una apacible Margarita, la fotografía familiar en la que destaca la figura poco estética de don Benito. En silencio pregunta – ¿Pos qué le vio esta señora a este señor? Ella bonita y muy blanca de piel… preguntas que la llevaron igualmente a cuestionarse ¿…Y pos también yo, qué le veo a mi Amito? Cambia el rumbo de la mirada hacia a ventana y se da cuenta que es un día soleado y fresco, como son las mañanas queretanas. Reflexiona y confiesa que necesita pensar y acomodar las cosas. Advierte que no traía intenciones especiales con esta visita acompañando al Lic. Prieto, sino que simplemente accedí a acompañarlo sin mediar riesgo alguno. Leonarda estando de la trascendencia de esta visita, simplemente aceptó todo lo ocurrido y se dijo: – Pos a ver qué pasa y que la Virgencita del Carmen me ilumine. Sin más, dejó en manos del destino los eventos futuros, actitud inteligente de los astutos, quienes evitan así la angustia y la zozobra, sensaciones que entorpecen, emboscadas, las buenas decisiones.