En una ofensiva relámpago que duró solo 11 días, una alianza de yihadistas y rebeldes sirios derrocó al régimen de Bashar al Asad, marcando el fin de su dinastía tras décadas de control absoluto sobre el país.
La capital, Damasco, cayó rápidamente en manos de los insurgentes, quienes impusieron un toque de queda de 13 horas mientras celebraban la toma de la ciudad.
Tras la caída, el destino del presidente sirio fue claro: Asad abandonó Siria a bordo de un avión, según informes del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, y se dirigió a Rusia, donde se le otorgará asilo humanitario.
Sirios celebran la llegada de combatientes de oposición a Damasco, en Siria. Foto: AP
La noticia fue confirmada por el Kremlin, quien señaló que la familia Bashar al Asad recibirá protección en su territorio.
En medio de la derrota, los opositores sirios, liderados por la coalición de grupos islamistas y proturcos, celebraron la «liberación de Damasco», mientras que el gobierno sirio mostró una actitud cooperativa.
Mohammed Al-Jalali, primer ministro sirio, expresó que están dispuestos a facilitar una transición ordenada de poder.
Con la caída de la dinastía Al Asad, los órganos políticos de la oposición comenzaron a trazar un nuevo futuro para Siria.
La Coalición Nacional Siria (CNS), formada en el exilio, y el Gobierno de Salvación Nacional, vinculado a Hayat Tahrir al Sham, se perfilan como los actores clave en la transición política del país.
Hadi al Bahra, presidente de la CNS, propuso un período de transición de 18 meses, que incluiría la redacción de una nueva Constitución.
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Sin embargo, la coalición enfrenta desafíos internos, especialmente en la comunidad kurda, que se muestra escéptica ante su relación con Turquía.
El conflicto en Siria, que comenzó como una revuelta contra el régimen de Al Asad en 2011, parece llegar a su fin con un nuevo capítulo de incertidumbre y promesas de reconstrucción, mientras los sirios esperan un futuro libre del autoritarismo.