Desde un tiempo reciente, las vialidades de la ciudad permanecen saturadas gran parte del tiempo. Esto ha provocado, en el mejor de los casos, que tengamos que salir quince o veinte minutos antes o que pasemos más tiempo sentados en el auto y que nos desesperemos, porque llegaremos tarde, por lo que empezamos a manejar más rápido, esperando que no se nos atraviese algo o alguien que nos retrase aún más. Entonces ¡la adrenalina sube y el Ayrton Senna que todos tenemos se apodera de nuestro ser! Nos convertimos en “experimentados” conductores sin escrúpulos, capaces de no frenar bajo ninguna circunstancia: peatones, ciclistas, autos, camiones, ¡lo que sea!
Cuando veo esto me pregunto ¿dónde ha quedado nuestro respeto por la vida propia y ajena? ¿La ciudad donde vivimos también tiene algo de responsabilidad? ¿Qué necesitamos para tener ciudades humanas?
La primera respuesta es una cuestión de formación, tanto individual y familiar, como de sociedad. Para la segunda y tercera respuestas, las ciudades en las que vivimos están diseñadas para vivirlas adentro de un vehículo, aislándonos de la posibilidad de caminar para llegar a nuestros destinos que están muy lejos usualmente. Considero que hay dos factores que podrían hacernos cambiar esto. El primero es la proximidad de nuestras casas a nuestros centros de trabajo, estudio, abasto de alimentos e incluso diversión. Estoy seguro que si viviéramos cerca aparecería en nuestra mente la posibilidad de caminar. El segundo factor es la posibilidad de contar con diversas formas de transportase de un lugar a otro; es decir, contar con transporte público confiable, eficiente y accesible que nos permita decidir el modo de transporte de nuestra preferencia.
Espero que nosotros y nuestros gobernantes empecemos a pensar en que las ciudades se deben de construir para que sus habitantes puedan desarrollarse integralmente, reconocer un tejido social y que el espacio público sea propicio para la convivencia; es decir, una ciudad humana.