‘Cuando la experiencia es intensa ocurre en ese lugar al que llamo el abajo, una dimensión en la que lo que ocurre tiene lugar con una intensidad inusual. En el abajo uno permanece sin palabras.’
Chantal Maillard
El martes pasado asistí a la presentación de Le Cris de París y Les Siècles, con el programa ‘Israel en Egipto’ de Händel, concierto ofrecido en beneficio de los damnificados de los recientes sismos en México. Los coros y músicos eran extraordinarios, pero, los subtítulos de la pantalla turbaban, los textos resultaban menores en comparación con lo que se escuchaba. Casi conseguí no mirarlos y concentrarme en lo que la música decía.
Este hecho me hizo recordar el límite de las palabras. Como menciona Maillard, las palabras limitan, delimitan y comunican sólo aquello que se ha consensuado, pero hay experiencias que desbordan esos horizontes. Y es cuando surge la necesidad de otro tipo de lenguaje, uno que sea capaz de estructurar esa vivencia. Hay veces en las que de pronto emerge una comunicación inusual, que no puede traducirse en signos y reglas ordinarias, como pasa con la música o la pintura, por ejemplo, que se expresan sin requerir de un código común.
Cuando se padece la muerte de una persona amada, las palabras tampoco logran articular lo sentido; sin duda, el no tener donde colocar el dolor, es parte del sufrimiento. Recuerdo que un domingo por la noche, días después de que muriera mi madre, tuve la urgencia de pintar un cuadro de ella. No pintaba desde mi niñez, por lo que no tenía ningún material en casa. Recorrí todos los lugares posibles para hacerme de pinceles, pinturas y un lienzo. En el trayecto, visualicé la imagen que quería hacer. Volví y pinté con prisa, terminé el cuadro esa misma noche. El resultado fue muy diferente a lo que había concebido, pero fue asombroso que después de pintar, sentí un poco de alivio, de alguna manera logré poner sobre la superficie, parte de lo que me oprimía.
Quizá, ese lenguaje inusitado e intenso, no es más que la esencia de la vida.