En días pasados, ‘Salvator Mundi’, un cuadro que muestra a Cristo con una mano en señal de bendición y, en la otra, sosteniendo una esfera de cristal, saltó a la fama y rompió el récord de la subasta más alta en la historia de la pintura: 450 millones de dólares.
Esta obra, que hasta hace poco tiempo había permanecido en el anonimato, dio un giro inesperado. En 1958, fue adquirida en una subasta en Londres, con el supuesto de que se trataba de un trabajo de uno de los discípulos del pintor. En 2005, generó una gran expectativa, por presumirse que era una pintura del mismísimo Leonardo y, en 2011, varios análisis sugirieron que era la obra de da Vinci que algunos historiadores creían destruida.
Muchas opiniones ha generado esta subasta, desde poner en duda la autenticidad de la obra; señalar que esta cantidad exorbitante es un reconocimiento a su valor artístico, e incluso de la propia valía de la pintura como expresión; o, también, reprobar las estrategias de mercadotecnia empleadas para incrementar su monto.
Lo cierto es, que el valor verdadero de la pintura, no es el monetario, por lo que resulta un tanto desconcertante que una obra realizada hace cerca de cinco siglos, que constituye herencia y testimonio de lo que nos define como humanos, sea puesta a la venta y que su destino dependa de los deseos del comprador. Quizá, bienes de esta naturaleza, deberían formar parte del patrimonio de cada nación y estar fuera del mercado y la especulación.
Vasari, quien nació unos años antes de la muerte de Leonardo, refiere en uno de sus escritos la genialidad de este pintor: ‘Los cielos suelen derramar sus más ricos dones sobre los seres humanos –muchas veces naturalmente, y acaso sobrenaturalmente–, pero, con pródiga abundancia, suelen otorgar a un solo individuo belleza, gracia e ingenio, de suerte que, haga lo que haga, toda acción suya es tan divina, que deja atrás a las de los demás hombres…’; esto, sin duda, no puede ser sujeto de transacción alguna.