En 1965, un investigador visionario llamado Gordon Moore predijo que cada dos años podríamos duplicar el número de transistores en un circuito integrado. Este principio se conoce como Ley Moore. A pesar de que su predicción la hizo para una década, la ley Moore se ha cumplido en los últimos 52 años. En 26 años, el número de transistores en un chip se ha incrementado en más de 3,200 veces.
Ahora, para darnos una idea, un microprocesador comercial de una computadora portátil de hoy en día puede tener más de 4,000 millones de transistores. Cada uno de estos transistores tiene una función específica y se interconectan de tal manera que permite ejecutar múltiples instrucciones a la vez, función lograda gracias a los llamados multinúcleos.
Ahora, ¿de qué están hechos los transistores? De arena. No es broma. El elemento principal de los circuitos integrados es el silicio, que se encuentra en abundancia en nuestro planeta. De hecho, aproximadamente el 28 % de la corteza terrestre está compuesta de este elemento. Mediante procesos químicos se obtiene el silicio con una pureza adecuada para proceder a ‘imprimir’ un diseño en un proceso litográfico.
El tamaño de cada transistor en un microprocesador comercial puede ser tan pequeño como 10 nm (nanómetros). ¿Pero, qué tan grande es esta medida? Vamos a compararla con el diámetro de un cabello humano, que es de aproximadamente 100,000 nm. Es decir, 10,000 veces más grande que un transistor de un microprocesador comercial.
Sin duda, es una maravilla la manufactura de estos elementos que, integrados, forman un microprocesador que tenemos en algunos dispositivos de nuestra vida cotidiana, como computadoras, tabletas, consolas de juego y teléfonos inteligentes.
La tecnología, sin duda, seguirá evolucionando.
Sin embargo, mediante otros compuestos, como el grafeno, se ve un futuro promisorio en cuanto a poder hacer microprocesadores más potentes computacionalmente hablando, y con un consumo de energía inferior, aspecto muy relevante en aplicaciones móviles.