El arte, entre muchas de sus posibilidades, tiene la capacidad de hacer emerger la esencia de su creador; ese algo que no es heredado o motivado por el espíritu de la época, sino aquella particularidad que distingue a cada persona y le hace tomar cierta actitud ante la vida, sin ser determinantes las circunstancias.
Recordemos la obra de Chagall, quien a pesar de haber vivido los tormentosos años de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, de padecer el exilio por su condición judía, la repentina muerte de su mujer, así como la pérdida de toda su producción artística –tuvo que comenzar de nuevo y recrear toda su obra–, y aún así sus cuadros están cargados de potente alegría, fuerza y libertad; en algunos hay sufrimiento, pero el entusiasmo se desborda.
En cambio, las pinturas de Hopper muestran al tipo silencioso que era. Decía: “Si lo puedes decir con palabras, no hay razón para pintarlo”. Sus personajes rara vez se relacionan entre sí, aparecen ensimismados, las escenas son hostiles y sórdidas, el vacío es lastimoso.
No es casualidad que se mantuviera tan alejado del expresionismo abstracto –que tan en boga estaba en esa época– y se refugiara en solitario en el realismo. O Duchamp, una persona de un humor negro exquisito, que siempre saltaba las reglas. Rebelde y provocador, para algunos un genio y para otros un tanto charlatán.
Él exploró y fue pionero de varios movimientos artísticos, pero no se afianzó a ninguno. A los 36 años abandonó de manera pública el arte por el ajedrez, aunque dejó una obra póstuma que indica que nunca cesó.
Para visualizar su esencia, basta con traer a la mente el urinario de porcelana, el cual tituló ‘Fuente’. Este creador cuestionó todas las premisas del arte, incluso después de su muerte sigue siendo controversial.
Quizá, el artista moderno, obsesionado por encontrar su estilo, olvida con frecuencia que la originalidad no resulta de una intención deliberada, sino de una relación auténtica con el arte.