Es hora de hablar de mi amigo, protector y mentor, Julio Cuevas Ruiz. Llegó a Querétaro en 1981 como ayudante en un circo. Cuando se fue el circo, Julio se quedó. ‘El Hijo’ organizaba a una bola de niños para llevarnos de excursión a los manantiales de Ocotepec, cuando éramos más felices y con la única preocupación de divertirnos. Recorriendo caminos bordeados de árboles frutales, entre siembras de maíz y campos bravos, donde había toros para jaripeo, llegábamos a nuestro destino.
Mientras nos bañábamos, Julio lavaba su ropa. Vivió de lleno la época de los 60; es parte de esa generación. Conserva su melena. Es, pues, medio ‘hippie’ y vagabundo. Me comentó Julio que muchos quisieran revivir esos años de rebeldía, menos quienes los vivieron. Julio tiene sus alas muy ligeras. Nada lo ata a tierra.
Cuando se vaya, no tendrá problemas para despegar. Es lo contrario a esos seres infelices que lo único que tienen es dinero, que viven para acumular más. Al ver a Julio, al platicar con él, de sus continuos viajes de ‘a raid’ por toda la república, llegó a la razón de que en los placeres más sencillos está la felicidad, palabra tan buscada y codiciada por el humano, razón y raíz del accionar de mucha gente. Ojalá el lector algún día la encuentre.
La felicidad es como el talento. Los dioses solo se los dan a sus preferidos. ¡Ah! Cómo quisiera haber tenido su edad juvenil en los contrastantes años 60, para haber agarrado la mochila y decirle a Julio: “Vámonos ‘Hijo’, a recorrer mil aventuras, a trabajar en los circos, en las ferias del pueblo, en los juegos mecánicos, a viajar en los trenes por todo el país; a pedir aventón en las carreteras y llegar a lugares fantásticos donde nadie nos espere”. Pero, en aquel lejano 1981, Querétaro lo sedujo y decidió quedarse aquí.
La plazoleta de la Cruz no es la misma si su figura no la camina, ya lavando autos, ya realizando mandados, ya acomidiéndose en ayudar a algún anciano. Pero el tiempo es implacable y cobra las facturas pendientes.
Hoy mi amigo ya no tiene la fuerza de los años mozos. Las décadas le echaron montón. El tiempo es el mejor maestro, pero también un maestro que va matando a sus alumnos. Va este escrito como un modesto homenaje al ‘Hijo’.