Existe una iniciativa por parte del Papa Francisco que se realiza este próximo domingo y es la llamada “Jornada Mundial de los Pobres”, una iniciativa que tiene por objeto no solo concientizarnos sobre los pobres que existen en nuestra sociedad, sino que se trata de hacer acciones que tengan como finalidad la ayuda necesaria e indispensable con los pobres, con aquellos que sufren y que muchas de las ocasiones, por no decir que la mayoría, no los tomamos en cuenta.
Es muy común ver en nuestras ciudades muchas personas que por diversas circunstancias se encuentran en pobreza, y no debemos de pensar solamente en aquellos que nos extienden la mano para pedir una limosna, sino de todas las personas que van por nuestras ciudades tratando de satisfacer su necesidad, a veces la pobreza no solo ve en pedir limosna, se ve también en diversas circunstancias en donde nos hemos vuelto insensibles. Aquellos que son pobres por no saber expresarse, aquellos que son pobres por la injusticia, aquellos que son pobres por los malos tratos, aquellos que son pobres por no haber tenido la oportunidad de estudiar. Son muchos los pobres que tenemos a nuestro alrededor y que a veces podemos hacer mucho por ellos y no lo hacemos.
Veía con tristeza ahora que escribía esta columna, que en este siglo XXI, una persona moría en pleno centro de la ciudad de Santiago de Querétaro, en el jardín Zenea, un lugar donde miles de queretanos pasamos a diario, y ahí murió, en plena intemperie, sin la ayuda de nadie, sin la compañía de nadie, y nos decimos una sociedad civilizada. Nos hemos vuelto insensibles a lo que sucede, nos preocupamos más por cuestiones económicas y cuestiones personales que por las necesidades de los demás.
El Papa Francisco nos llama la atención y con motivo de esta Jornada Mundial de los Pobres nos escribe: Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).
Ojalá podamos sensibilicemos un poco de lo que sucede a nuestro alrededor y podamos ayudar a quienes nos necesitan; dar una comida, una cobija, un medicamento, una sonrisa o un abrazo a veces son muy necesarios para ayudar a combatir la pobreza de nuestros prójimos.