El atentado del 17 de enero en Bogotá cometido por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln) donde murieron 21 personas, incluyendo el atacante, era algo se esperaba pero no en la dimensión que sucedió.
Como en el cuento del Nobel Gabriel García Márquez, ‘Algo iba a pasar’ y aconteció. Murieron 20 alumnos de la Escuela de Cadetes de la Policía, menores de 20 años, provenientes de familias humildes que habían ingresado para darle vida a sus sueños.
Pero por qué había la certeza de que algo iba a pasar: muy sencillo. En un país donde hay la mala costumbre de cultivar el odio, no se vota contra la corrupción y se compra las votaciones por un plato de lentejas, un par de cervezas y 35 dólares, a lo máximo, se espera que pase cualquier cosa a pesar de que, según algunos sondeos, sus habitantes son de los más felices del mundo.
Cuando el presidente Juan Manuel Santos recibió el Nobel de la Paz, que se le otorgó por su obstinación por conseguirla fue lo peor que pudo ocurrir en lugar de ser un motivo de orgullo.
Convivir con la enfermedad del odio y del olvido se volvió una mala costumbre por eso es normal, que los que roban el erario público, dejan sin estudio, alimentos y agua a los menos favorecidos, sean reelegidos. Si a eso se suma el asesinato de al menos un defensor de derechos humanos o líder social, cada dos días, nada puede extrañar como tampoco que los homicidios no se detienen y por el contrario, aumentan días tras día porque no hay una política de estado para protegerlos.
El 20 de enero fue normal ver marchas con camisas y globos blancos además de misas por los hijos de las familias de escasos recursos que hicieron préstamos para labrar un futuro a sus hijos y se encontraron de la noche a la mañana con que la inversión se quedó en medio de un charco de sangre y una investigación exhaustiva que no conducirá a nada.
Lo peor será que después de dos meses el dolor de patria se olvidará todo y solo quedaran unas familias que no encuentran razones para explicarse lo que sucedió.