Cuando se escriba el capítulo final sobre la vida política de Benjamin Netanyahu –y tal vez pase mucho tiempo para que eso suceda–, es probable que sea recordado como el Richard Nixon de Israel: un político artero y un estratega astuto con imperfecciones tóxicas.
El jueves, las imperfecciones salieron más a la luz cuando el procurador general Avichai Mandelblit anunció que iba a acusar al primer ministro de soborno, fraude y abuso de confianza. Netanyahu dijo que la investigación era “una cacería de brujas” y acusó a Mandelblit de ser “débil”, un ataque que sonó (por supuesto que no por coincidencia) a Donald Trump en relación con el tema de Jeff Sessions y la investigación rusa.
La ley israelí permite que Netanyahu impugne la acusación por medio de una audiencia, un proceso que podría tardar hasta un año. Netanyahu no tiene ninguna intención de renunciar y espera adjudicarse un quinto periodo el 9 de abril, cuando se lleven a cabo las elecciones.
Tal vez lo logre. No debería.
No porque Netanyahu sea culpable necesariamente, o culpable de mucho. Otros líderes israelíes en el pasado, entre ellos Yitzhak Rabin, han sido objeto de pesquisas legales que giran en torno a crímenes un tanto triviales. Los cargos en contra de Netanyahu —el más grave de los cuales lo acusa de haber ayudado a un empresario a obtener decisiones regulatorias favorables a cambio de cobertura mediática positiva— están lejos de ser concluyentes.
Sin embargo, ¿acaso Watergate no fue nada más que un robo de tercera?
Justo como el crimen verdadero de Watergate fue la cortina de humo mal hecha, el escándalo verdadero de Bibigate ha sido el repugnante remiendo político. Hasta el mes pasado, parecía que Netanyahu iba a alcanzar sin problemas la reelección. No obstante, la carrera se volvió mucho más peleada con la creación del partido de centro-derecha Azul y Blanco, el cual encabezan el exjefe del Gabinete del ejército Benny Gantz y el otrora ministro de finanzas Yair Lapid. El auto de procesamiento que está pendiente solo aumenta el peligro político para Netanyahu.
La solución de Netanyahu ha sido gorronear votos de la extrema —y la más extrema— derecha. Unos pocos de esos votos provendrán de Otzma Yehudit (o “Poder Judío”), un partido racista que desciende del ilegal partido Kach del rabino Meir Kahane. La visa estadounidense de su líder, Michael Ben-Ari, fue rechazada porque Washington considera que Kach es una organización terrorista, y con justa razón. Si Netanyahu logra improvisar una coalición gobernante, Ben-Ari podría convertirse en un poderoso negociador en su interior.
Esa sola razón basta para desear que echen a Netanyahu. Si se agregan a la lista sus ataques demagógicos a los árabes israelíes, su cercanía con los líderes de la extrema derecha de Europa como Viktor Orban de Hungría y su solidaridad pública hacia un soldado israelí que asesinó a sangre fría a un terrorista palestino herido, surge una imagen consistente. Netanyahu es un hombre que no antepone ninguna consideración moral a sus intereses políticos, el principal de los cuales es él mismo. Es un cínico envuelto en una ideología que está dentro de una argucia.
La desgracia tampoco es únicamente moral. Los judíos de todo el mundo enfrentan una marea caudalosa y cada vez más mortífera de antisemitismo, mientras el sionismo se ha convertido en una mala palabra en los círculos de izquierda. Simplemente es imperdonable el hecho de que un primer ministro israelí dé credibilidad a los detractores que afirman que el sionismo es una forma de racismo al darle entrada a racistas indiscutibles en su coalición. Incentiva el ataque progresivo sobre Israel. Deja avergonzados y perplejos a sus defensores.
Aún más grave, debilita un elemento central de la defensa de Israel y de los judíos: la confianza moral en uno mismo. Puede ser que abunden los difamadores anti-Israel, pero tendrían un impacto menor en el Estado si una mayoría de israelíes comprendiera que aquellos no tienen ningún fundamento serio en la verdad. El comportamiento de Netanyahu pone en riesgo esa confianza.
Es una vergüenza. Como lo noté el año pasado, cuando se trata de política y ejecución, Netanyahu ha sido un primer ministro de una eficacia extraordinaria. Bajo su mando, la economía de Israel ha prosperado, han crecido sus horizontes diplomáticos, se han defendido sus fronteras y se ha humillado a sus enemigos. Gracias a Donald Trump, a quien trabajó con astucia y diligencia, Netanyahu se salió con la suya en el acuerdo con Irán, llevó la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén y buscó aperturas con el mundo árabe sin dar concesiones irreversibles a los palestinos.
Tal vez nada de esto sea del agrado de quienes critican a Israel, pero desde un punto de vista israelí son éxitos considerables. No obstante, justo como los logros de Nixon en política nacional e internacional fueron destrozados por las trampas y la paranoia, el legado de Netanyahu ha quedado manchado para siempre por su corrupción aparente, su atracción (o indiferencia) hacia la intolerancia y la demonización que hizo de sus oponentes políticos. En el caso de que se nos olvide, Gantz y Lapid son veteranos de los gobiernos de Netanyahu.
La buena noticia es que, por medio de los cargos que se tiene planeado presentar, Israel de nueva cuenta ha aportado evidencias de que es un Estado al que gobierna la ley. Además, con la creación del primer partido serio de oposición en una década, los israelíes también han demostrado que están comprometidos con las instituciones democráticas competitivas y con una alternativa política significativa.
Llegó el momento de que busquen alcanzarla. La idea de que Gantz y Lapid tienen una gota de izquierda es absurda. Y el reinado del rey Bibi ya ha durado lo suficiente.