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4 de marzo 2019

Patrick Kingsley

A finales de enero en Davos, el centro vacacional suizo donde las élites políticas y financieras del mundo se reúnen cada invierno, Bregman preguntó sin rodeos por qué sus anfitriones no pagaban más impuestos.

“Me siento como si estuviera en la conferencia de los bomberos y nadie tuviera permitido hablar sobre agua”, dijo. “Tenemos que estar hablando de impuestos”, agregó.

“Impuestos, impuestos, impuestos”.

Tres semanas más tarde, el joven historiador holandés siguió con los nacionalistas.

Fue a Fox News por invitación de Tucker Carlson, quien describió su arrebato anterior como “uno de los más grandes momentos en la historia de Davos”, y empezó por cuestionar la sinceridad de su anfitrión y lo acusó de ser vocero de la clase multimillonaria.

“Todos ustedes dicen: ‘Ay, estoy en contra de la élite globalista, bla, bla, bla’. Para ser honesto, no es muy convincente”, dijo Bregman, de 30 años, a Carlson, quien respondió con una diatriba repleta de palabras altisonantes.

En la medida en que los historiadores económicos estudiosos pueden actuar con desenfreno, Bregman lo está haciendo. Y el mundo se ha dado cuenta: los videos de los dos incidentes se han visto millones de veces en decenas de sitios web y Bregman se ha llenado de cientos de solicitudes de entrevistas (en una declaración, Carlson dijo que nadie le ha dicho nunca qué decir al aire).

Hace poco, durante un día nublado en Ámsterdam, Bregman hablaba con timidez sobre las razones de su reciente celebridad.

“Es entretenimiento, ¿no?”, dijo Bregman. “Alguien que le baje los humos a Tucker Carlson es solo buena diversión, seamos honestos”.
Por otro lado, Bregman ha venido diciendo este tipo de cosas desde hace años —se ha pronunciado a favor de que se aumenten los impuestos, haya una semana laboral más corta y un ingreso básico universal— y nunca capturó la imaginación global de la manera en la que lo hizo el mes pasado.

Eso, dijo, se debe “a que está ocurriendo algo más grande”.

“El éxito de este tipo de cosas y el ascenso extraordinario de alguien como AOC, son todos síntomas de los tiempos”, comentó Bregman. “El espíritu de los tiempos en su totalidad está cambiando”.

No obstante, lo que es particular de pensadores como Bregman es el contexto ideológico, o la falta de este, de la época en que llegaron a la mayoría de edad.

En su caso, vivió las décadas anteriores y posteriores al cambio de siglo, en las que las grandes batallas ideológicas se consideraban cosa del pasado.

En cambio, los políticos centristas como Bill Clinton y Tony Blair —y aquí en los Países Bajos, Wim Kok— buscaban estar en una triangulación entre la izquierda y la derecha y alterar aquí y allá el statu quo en lugar de articular visiones de futuro atrevidas.

Sin embargo, cuando, en 2008, la crisis económica explotó y reveló cómo ese statu quo no era casi inevitable como previamente habían dado por hecho, dejó un vacío ideológico. La extrema derecha ha llenado parte de este vacío, pero también lo han hecho los partidos y los pensadores de izquierda, entre ellos Bregman, quien combina un acercamiento meticuloso a la política económica con una visión utópica de un futuro mejor.

“Es una persona muy práctica”, dijo Bas Heijne, un importante ensayista y comentarista neerlandés, pero “quiere infundirle nuevos ánimos al idealismo y en ese sentido está muy en línea con su generación”.

No obstante, su importancia durante el mes pasado es una casualidad. Su actuación apasionada en Davos fue una decisión de último minuto. Inicialmente, no planeaba hablar de impuestos.

Su aparición en Fox estuvo a punto de no salir a la luz. Carlson se negó a transmitirla y Bregman dudaba en dar a conocer su propia grabación en las redes sociales, receloso de respaldar un discurso público de confrontación que deja poco espacio para el diálogo.

Al mismo tiempo, su penetración en la conciencia mundial se ha estado gestando desde hace tiempo.

Bregman ya es autor de cuatro libros —el más destacado, “Utopia for Realists”—, que se publicó en los Países Bajos en 2014, llegó a Estados Unidos hace dos años y se ha traducido a 32 idiomas.

En el libro, que va y viene entre las anécdotas, la investigación académica y las estadísticas a manera de Malcolm Gladwell pero más radical en términos políticos, Bregman expone una visión idealista que muchos desestiman por ser fantasía pura.

Está a favor de una semana laboral de quince horas, un mundo sin fronteras y un salario básico para todos los ciudadanos (la parte utópica), mientras resalta ejemplos de cómo estas políticas ya se han implementado parcialmente en la historia reciente (la parte realista).

Dice a los lectores cómo un ingreso básico universal, un concepto que ahora se considera disparatado, de hecho casi se introdujo en Estados Unidos durante la presidencia de Nixon y cómo Milton Friedman, el economista neoliberal, apoyó una versión de este.

Cita un ejemplo de un pueblo canadiense donde todos los ciudadanos recibieron un ingreso básico anual de 19.000 dólares en los años setenta; un programa que apenas mermó su entusiasmo por el trabajo, pero que estuvo acompañado de la disminución de la delincuencia, el ausentismo, la asistencia a hospitales, la violencia doméstica y la pobreza.

En opinión de Rob Wijnberg, editor de Bregman en The Correspondent, un portal de periodismo en línea, es esta obra la que brinda “mucho mejores fundamentos para llevarlo a The New York Times que la controversia que lo hizo muy conocido en las últimas semanas”.

Como se esperaba, Bregman ha atraído a algunas críticas directas, incluso de la izquierda.

Heijne, ensayista, admira a Bregman, pero le parece que su enfoque en soluciones económicas no presta atención a interrogantes de identidad y pertenencia que se han vuelto centrales para las actuales tensiones sociales.

Otros críticos de izquierda temen que la versión de Bregman de un ingreso básico podría significar el fin del Estado del bienestar, o que no funcionaría en la práctica.

“Cuando su supuesta utopía se extiende para incluir fronteras nacionales totalmente abiertas”, escribe John Harris en New Statesman, una revista política británica, “existe la amenaza de que todo se derrumbe”.

Bregman no es inmune a esas dudas, pero, en última instancia, argumenta que solo soñando en lo que parece inalcanzable es como la sociedad puede hacer posible las cosas buenas.

“Está bastante claro que en treinta años las cosas que ahora se consideran totalmente descabelladas serán de sentido común”, comentó Bregman.

“La pregunta es: ¿la historia se moverá en la dirección correcta? Sobre eso no estoy seguro, pero estoy haciendo lo mejor que puedo para contribuir”.

The New York Times

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