Querida lectora, toma mi mano y sube a la “góndola Turismo 4.0”, ya abordo, acomódate para iniciar el viaje, seré el gondolero como todos los sábados, un modesto conductor de esta comunidad creciente de mujeres apasionadas por viajar que comparten sus vivencias. ¿Lista? ¡Zarpamos!
Venecia en el siglo XVIII fue uno de los destinos verdaderamente turísticos, se podía ir a esa mágica e inolvidable ciudad solo por placer, aunque también había otros muchos motivos, había visitantes llegaban en calidad de turistas, con el ánimo de disfrutar de carnavales, mascaradas y visitar sus, desde entonces, famosos monumentos. En ese entonces era destino de la clase muy alta: la nobleza. Hoy día casi 5 millones de turistas se deleitaron en el 2018 con el eterno misterio de esta primorosa ciudad aunque este creciente fenómeno agobia ya a los ciudadanos, deteriora los edificios y altera el medio ambiente.
El Puente de los suspiros. No podía negarme al casamiento con un hombre que me prometía cumplir mi sueño de quinceañera: besarme debajo del puente de los suspiros mientras se oyen las campanas del Campanielli di San Marco, como en la película. Nos dimos el beso en nuestra luna de miel, tal como me lo prometió y vaya que suspiré. El puente igual que mi ex-marido tuvieron algo en común: historias ocultas. El puente era para que los prisioneros llegaran del Tribunal de justicia a la cárcel de la Inquisición.
Mexicana en Venecia. Una de las razones por las que amo tanto a la ciudad donde vivo es porque en esta provincia y en toda esta zona hay muchos ejemplos de actividades que las familias han realizado por generaciones. Como repostera lo descubrí en un viaje de práctica universitaria con la familia del que ahora es mi esposo, tienen al menos 12 generaciones haciendo pan ¡desde 1600! Y qué decir de nuestro compadre Giacomo, 8 generaciones de gondoleros.
Cruzando la bota. Fueron las tres horas más excitantes de mi vida, como violinista visitar Cremona fue hermoso, fui en tren de “pisa y corre” a Venecia, casi del otro lado de la bota. Vaya que valió la pena, bese durante casi tres horas a un español guapísimo al que nunca volví a ver. Venecia me hace suspirar desde entonces.