Ustedes se preguntarán cuál es la razón del título de esta colaboración. Es un cuestionamiento que, por raro que parezca, en ocasiones se formula. Un ejemplo claro es cuando, por consecuencia de una negligencia, cualquiera de nosotros pierde la vida; seguramente nuestros familiares y círculo cercano, reclamarán la aplicación de la justicia.
En ese contexto, cobra sentido lo que quiero comentar con ustedes. Durante el fin de semana me encontré en Netflix con una película que refleja esta problemática constante. Se llama ‘Cuánto vale la vida’, protagonizada por Michael Keaton y Amy Ryan. En ella, se relatan los hechos sucedidos durante el 11 de septiembre en los Estados Unidos. Keaton interpreta a un prestigioso abogado que tiene la tarea de indemnizar a los familiares de las víctimas mortales; verán que no fue una tarea fácil. En la primera parte, su razonamiento fue generar una fórmula ‘ocupacional’, es decir, pensando en la importancia económica de la persona en la jungla del asfalto. Se valoraba si eras un bombero o un alto CEO de un corporativo, para delimitar la cuantía.
En la vida real, ¿esto es justo? En el desarrollo de la trama, observando el error evidente, tomaron una decisión acertada. Empezaron a actuar con una lógica de derechos humanos para la reparación del daño. En otras palabras, se muestra en la película cómo entrevistan a los afectados que perdieron a su ser querido, identificando su situación particular, destacando su escenario familiar, económico, situación médica, así como todo detalle que sirva para proponer una cantidad ‘justa’ –sabemos que una vida no se puede cuantificar– tal y como sucede en nuestro sistema jurídico actual.
Al respecto, la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Suprema Corte de Justicia en México han sido muy claras en una reparación integral de los daños a las víctimas cuando la pérdida de la vida se hace presente. En suma, estimada o estimado lector, los invito a que puedan disfrutar de esta película que sin duda nos llama a la reflexión desde un aspecto humanitario y, por otro, a pensar en el deber ser de la impartición de justicia.