El deporte despierta pasiones, pero hay ocasiones donde esta pasión llega a un extremo fuera de lugar.
Enrique Álvarez
Recientemente, la falta de cumplimiento de las expectativas que tenía la afición de Rayados sobre su equipo nos ha mostrado manifestaciones que están totalmente fuera de contexto.
Durante el Mundial de Clubes, al perder Monterrey su primer partido, un sector de la afición que viajó al torneo detuvo el autobús donde viajaba el equipo y pedía que bajaran a dar explicaciones de su rendimiento. Adicionalmente a este hecho, afuera del hotel de concentración, se colocaron hieleras con fotos de miembros del equipo manchadas de rojo como si fuera sangre, al más puro estilo del narcoterrorismo.
Hace unos días, de nuevo un sector de la afición esperó a los jugadores a la salida del club para pedir explicaciones y amedrentarlos por su bajo rendimiento.
Estos hechos, que en menor gravedad se repiten en otras ciudades, donde futbolistas son cuestionados por su desempeño en la cancha o donde se generan peleas por defender a un equipo, deben de prender las alarmas.
El futbol es un espectáculo que puede aplaudirse o abuchearse, como una función de teatro o un concierto. Por supuesto, nos podemos identificar con el equipo, generar emoción y arraigo, pero no puede ser el hilo conductor de nuestro proceder y mucho menos debe de derivar en violencia.
¿Se puede dar marcha y detener esta tendencia? Sí.
En Inglaterra se cambió de un entorno violento a la liga de futbol mejor organizada del mundo. Pero fueron cambios de raíz. En México, la liga ni siquiera se ha decidido por tomar medidas enérgicas que mitiguen un grito homofóbico.