Espero equivocarme, pero lo que mis ojos ven no solo es una batalla campal entre ‘barras’
Fernando Islas
Reducir a una confrontación de cancha lo sucedido el sábado pasado sería dejar de lado un sinnúmero de factores que fueron clave para que hoy Querétaro sea noticia internacional debido a una penosa y dolorosa situación que desafortunadamente se encuentra rodeada de opacidad y contradicciones. Considero de vital importancia el reflexionar sobre lo que la clase trabajadora vivimos día con día, desde explotación en el empleo, pasando por la incertidumbre que genera la precariedad laboral, sin dejar a un lado la desigualdad de oportunidades de la que somos víctimas la mayoría y, por si esto fuera poco, el saco de estigmas que nos rodean a las proletarias y los proletarios.
Muchos de los participantes en la barbarie del fin de semana pasado tienen en su historial de vida un abuso por parte de la autoridad, una persecución por disentir y una impotencia contenida por los efectos de segregación que un modelo económico como el neoliberal, deja caer como una condena que lapida las esperanzas de un futuro más esperanzador. Hoy, la palabra de la autoridad se contrapone a lo que nuestros ojos ven, a lo que los testimonios de espectadores, víctimas y sus familiares comparten desde el coraje por no saber el estado real de aquellos que figuran en el discurso de la autoridad, pero que están lejanos de recibir justicia.
El futuro inmediato no es alentador. Espero equivocarme, pero lo que mis ojos ven no solo es una batalla campal entre ‘barras’; la crueldad que se imprime en cada uno de los videos de esa trágica tarde está peligrosamente cerca a lo que habitúa el crimen organizado. Hoy, la justicia tiene que ser veloz e implacable. La credibilidad de las autoridades queretana prácticamente está en la lona, la versión oficial no goza de la confianza popular y el problema de fondo sigue siendo ignorado.
En Querétaro, la pelota se manchó. ¡Justicia para Cuauhtémoc!