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31 de marzo 2022

Los Blanchet/Caldo de cultivo

El pasado domingo 27 dejó este mundo el mejor amigo que haya tenido en mi adolescencia y juventud, Armando Velasco López. Hijo de exmilitar dedicado en su retiro al servicio automotriz, Nando, -como le llamaba su familia-, fue uno de once hijos, el más carismático, el más talentoso, el que poseía una inteligencia sobresaliente en las artes gráficas, el canto, el baile, los deportes y la inteligencia emocional, siendo, para rematar, el galán de la colonia en sus años mozos, teniendo un gran parecido con el entonces famoso cantante americano Donny Osmond. Era generoso, divertido, respetuoso, excelente relatador de historias e histriónico. Tímido en principio, con un par de alipuses se convertía en el alma de la fiesta para hacer llorar de la risa a los asistentes con su increíble gracia e ingenio.

Junto con un tercer amigo y vecino, Mario, los sábados por la noche solíamos treparnos al auto de alguno de nosotros provistos de una botella, una guitarra y una grabadora de cassettes (si, de esas de la prehistoria) y cantábamos o destrozábamos canciones de la época remplazándoles la letra original con toda clase de ocurrencias, de las que Nando era el mejor aportador de los tres quienes, por cierto, nos hacíamos llamar ‘Los Tres Huastepos’. Al final de nuestra “carrera” y con la ayuda de la grabadora, realizábamos complejas producciones de audio -conocidas ahora como podcasts-, en las que se satirizaba a los no pocos y muy folclóricos vecinos.

El que Nando no se haya convertido en una celebridad por alguno de sus múltiples talentos, es un misterio aún incomprensible para quienes lo conocimos y admiramos, aunque tal vez, como tantos genios desconocidos, fue la carencia de un guía o mentor que lo condujera por derroteros de mayor altura, un Brian Epstein o de perdida un Luisito Rey, que lo descubriera e hiciera famoso.

Nando partió de manera inesperada. El día anterior, como hacíamos desde hace años, intercambiamos memes y reímos. La mañana siguiente su corazón se detuvo, sin más. El amigo con el que compartí tantas vivencias, de quien aprendí tanto, con quien reí tanto, ya no está. No lo puedo creer. Porque en la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, en la contemplación y en la atención a las experiencias de otras personas, podemos obtener un buen grado de confianza de que la existencia no termina con la muerte, de que la conciencia continúa aún habiéndonos desecho de la carcasa biológica, y muchas veces hasta nos ostentamos como expertos en el tema. Pero experimentar en todo su realismo la pérdida del amigo entrañable, de la madre o del hijo, la idea de que no le volveremos a ver mientras vivamos, es otro cantar y es simplemente insoportable.

Y esta historia ha sido el pan de cada día alrededor del mundo de manera avasalladora en los últimos años con el incremento de la violencia y la llegada del infame virus de Wuhan, que han diezmado a innumerables familias en México y en todo el planeta. Y ahora la guerra, con la nada improbable amenaza de escalarse hacia otros países. Tiempos convulsionados de pronóstico reservado.

Descansa en paz hermano, hasta la vista, que yo creo en un más allá.

Óscares

Honestamente no pienso narrar una vez más la escena del cachetadón que le propinó don Will Smith a Chris Rock, porque verdaderamente el tema está más sobado que “ñora” en Spa.

Sólo diré que, en mi humilde opinión, se lo ganó a pulso (y no precisamente un Óscar) por ser un comediante de medio pelo y por pensar que hacer mofa de la alopecia de la Sra. Smith lo pondría en la cima, (que más bien lo pusieron en su lugar), como presentador de los Premios de la Academia.

Millones de voces se pronunciaron en redes sociales y fijaron su postura sobre el suceso, unas a favor y otras en contra, pero nadie se ofreció para llevarle un bistec crudo al vapuleado comediante para bajarle el moretón.

Coincido en que Will hizo mal, porque de haber sido yo, le doy con el puño cerrado y a la mera mandíbula, y no lo digo porque esté a favor de la violencia, sino porque cuando de plano estés decidido a confrontarte con alguien, más nos vale aplicarla bien, qué tal si te la regresa más fuerte y das el chanclazo ante la mirada de millones de espectadores en el mundo.

Por otro lado y aquí entre nos, siempre he sido fan de la entrega de los Óscares, prácticamente desde que supe que mi tío, Gonzalo Gavira, fue el primer mexicano en llevarse la tan preciada estatuilla por los efectos especiales de sonido de la película El Exorcista (lo pueden googlear).

La entrega de los Oscares, aunque suene banal y fifí, es una celebración al esfuerzo de miles de personas que hacen posible llevar a nuestra vida entretenimiento, imaginación, risas, lágrimas, mensajes e historias de la vida real, las cuales afloran una de las cosas más valiosas que el ser humano tiene: la capacidad de expresar los sentimientos.

También he pensado que las películas en la actualidad están tan bien hechas y son tan reales (hasta las animadas), que en alguna medida hemos perdido la perspectiva y nos cuesta trabajo distinguir cuando es ciencia ficción y cuando es violencia cinematográfica, de lo que es la vida real, como por ejemplo: cuando vemos imágenes de muerte y guerra, como en el caso de la invasión rusa.

Por eso al cine debemos de verle con respeto y reconocer todo lo que ha evolucionado desde el día en que se creó. No por nada le llaman el séptimo arte, y el arte siempre merece el glamour, las alfombras rojas y si algún presentador de tan emblemático evento se quiere hacer el chistosito, pues que me lo aplaquen pa’ que aprenda a respetar a las mujeres.

Le esperamos el sábado a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita aquí el próximo jueves…para echarnos otro caldito.

Facebook: @LaKJetaTV

Instagram: la.blanchet

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