
Los Blanchet/Caldo de cultivo
Edgar Cayce fue un psíquico norteamericano nacido en 1877, famoso por su habilidad para diagnosticar y tratar a los enfermos que acudían a él, lo que le valió el mote de ‘Profeta durmiente’. Esto lo hacía a través de un procedimiento nada ortodoxo, que consistía en entrar en trance hipnótico auto provocado. Esta extraordinaria capacidad también le permitió allegarse otro tipo de informaciones, siendo de gran interés para él la historia y el origen de la humanidad. Ya en ese entonces era aceptado en el ámbito científico la teoría darwiniana de la Evolución de las Especies, proceso ampliamente demostrado que explica el origen de las especies como las conocemos actualmente, incluida la del homo sapiens, aunque existen huecos aún inexplicables en nuestra ruta evolutiva a través del tiempo no previstos por esta teoría.
Cayce corroboró el proceso de la evolución en sus visiones, pero también llamó la atención sobre la realidad de su contraparte, de la que no se hablaba entonces: la involución, concepto apoyado en el registro de civilizaciones ancestrales que tuvieron la particularidad de ser más avanzadas que la nuestra en lo social y lo tecnológico, pero que sucumbieron ante el desbordamiento de la agresividad, el egoísmo y la ambición, después de milenios de armonía, evolución y desarrollo, para comenzar nuevamente de cero después de su debacle, es decir, de retroceder, de involucionar.
De ahí, la humanidad retoma tortuosamente su evolución como sociedad, -a pesar de episodios lamentables como el Oscurantismo, que frenaron su avance temporalmente-, hasta el día de hoy, en que gozamos de sus frutos, como la transparencia, la igualdad y el respeto. ¿Cierto? Ni de cerca. Eso es lo que nos hicieron creer. Si bien las sociedades tuvieron avances destacables -del trueque al comercio digital, de la monarquía a la democracia, con todo y sus defectos-, nunca alcanzamos un nivel importante de orden y evolución. Peor aún, las sociedades del siglo XXI comienzan a dar signos alarmantes de involución en lo social y lo político.
La llegada al poder de gobernantes carentes de ética en países tanto del primer mundo, como del tercero, -si es que sigue vigente esta nomenclatura- comienza a ser una constante. Autoritarismo, cinismo y ataque frontal a todo lo que huela a vida institucional, cuya construcción llevó años de enormes costos y esfuerzos, es nota recurrente en los medios. La ausencia de verdaderos liderazgos y la falta de argumentos lógicos en la discusión pública también lo son. En México, las cifras de violencia, de criminalidad, de pobreza, de decesos, etc., no paran de incrementarse.
En el mundo, la intolerancia, la ambición y la guerra inexplicable y sin sentido, ya no sorprenden a nadie, en lo que parece un claro signo de involución, irónicamente contrastado con un crecimiento tecnológico exponencial. No se equivocaría quien predijo que la Cuarta Guerra Mundial será con palos y piedras, una involución inaceptable.
Evolucionemos, pues, en lo individual, dentro de la inteligencia, la conciencia y la tolerancia. Nunca es tarde y quizás podamos hacer alguna diferencia.
Estimados lectores, (esperamos que sean más de dos). Les anticipamos que lo que ustedes leerán a continuación les podrá confundir un poco y puede que hasta les lleve al psicoanalista, a las constelaciones, o de menos a una buena botella del etílico de su preferencia, porque hablar de nuestras santas madres como vehículos dadores de vida para que uno pudiera pasar lista en este planeta o matrix sin saber a qué venimos, es perturbador.
Comenzaremos por quitar la cortina de humo con la que crecimos, de que verdaderamente fuimos planeados, deseados y esperados con mucho amor. Aunque esto es lo deseable y probable, nosotros le aumentaríamos un alto grado de pasión, enamoramiento o noche de copas bien divertidas. ¿Y qué tal si completamos el trauma, imaginándonos el lugar de la concepción o manufactura? Llamen a Sigmund Freud por favor.
Sólo volteen a ver a sus bendiciones y recordarán -eso esperamos- dónde comenzó la vida de cada uno, apostando a que, si ustedes se acordaron, su mamá y su papá también, derivando en preguntas como: ¿a mí en qué jolgorio me habrán manufacturado?
El caso es que, a partir de ese momento, o más bien a un mes de distancia de la divertida noche, nuestras “mamaces”, se asustaron tantito (y ni qué decir de los machos alfa lomo plateado), dependiendo de las circunstancias, porque no es lo mismo embarazarse dentro del santo matrimonio, que fuera de él.
¿Se han preguntado qué pensó su mamá cuando se enteró de que venían en camino? En muchos casos mujeres jóvenes, tal vez estudiando, trabajando, solteras, recién casadas, con alguna o ninguna gana de convertirse en madre en ese momento, o en otros casos, mujeres mayores, casadas o no, se habrán preguntado: ¿qué acabo de hacer? El papá es importante, por supuesto, pero la que nos carga durante nueve meses, con todos los inconvenientes físicos, es ella.
Por nuestra parte, nos podemos preguntar: ¿habré sido desead@?, y como ésta sí es una pregunta de grandes ligas, no nos meteremos en complicaciones. Sólo diremos que con este pequeño ejercicio será muy fácil descubrirlo: diríjase hacia su acta de nacimiento ó su INE. Si en la parte del nombre usted descubre que se llama: José, Magdalena, Abraham, Ismael, Betsabé, Jeremías, María o algún otro nombre bíblico, denota que usted fue producto del pecado original, y le pusieron ese nombre para lavar culpabilidades. Si le pusieron: Brayan, Kevin, “Bripni”, “Washington” ó “Caterin” y no goza de tener rasgos anglosajones, entonces, ¡usted no es el más desead@, pero sí el primogénit@ y el más consentid@!, porque esa mamá hizo todo lo posible para darle un nombre que por lo menos lo hiciera sentir importante. Si le pusieron “Masiosare”, “Aniv de la Rev”, Espiridión ó “AIFA” (ya hay una), entonces sí reclame su existencia. Con este pequeño ejercicio también podrá descubrir qué tan deseados o consentidos son sus hermanos, en caso de tenerlos.
Pero lo más importante es que para las mamis siempre seremos sus campeon@s, no importa el error de cálculo o el acierto ó desastre que seamos al día de hoy. Este próximo diez de mayo, debemos verlas y valorarlas como esos seres llenos de amor, virtudes y defectos que junto con nosotros tomaron la decisión de ser quien nos pondría en este mundo.
Así que, por piedad, no les regalen planchas, licuadoras ni lavadoras. Sólo hartos besos.
Le esperamos los miércoles a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita aquí el próximo jueves…para echarnos otro caldito.
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