Mi editor me estaba pidiendo que enviara mi columna. Pero yo, ignorando su requerimiento, me dispuse a ver el partido de la Selección Mexicana esperando tener algo diferente que contarles. Decidí tomar la postura que toma un conductor que se aventura a cruzar 5 de Febrero durante la obra de remodelación: Indiferencia ante los que pitan y quieren avanzar rápido.
A las 16:00 horas, terminado el partido, comencé a escribir esta columna sobre lo que me dio la Selección, que fue lo mismo que le di a mi editor. Jugó bien. Ganó. Goleó. Pero no me mostró nada que me haga creer que su funcionamiento mejorará respecto a lo que hemos visto últimamente.
Mi esposa, fiel compañera de los insufribles 90 minutos que me regala el tricolor, viendo que no di ninguno de los saltos acostumbrados cuando anota mi equipo, me preguntó: “¿Y tus amigos ya tienen la fiebre mundialista? Por que en mi entorno la gente no habla de futbol, no traen la verde, ni han hecho plan para ver un partido juntos”.
No se si les pasa, pero hay veces que las preguntas femeninas se reciben como si trajeran un aguijón de avispa aunque sea una pregunta inofensiva como la que me plantearon. Me calenté un poquito y le dije: “Si ves a la gente tensa y crispada, no es por la decisiones macroeconómicas que toma AMLO. Tampoco es por pensar que tiene que ir “hasta Juriquilla” esquivando las diversas obras viales de la ciudad. La gente está nerviosa porque tiene que pedir permiso en el trabajo para ver los partidos de México. Está inquieta porque no podrá disfrutar los juegos como le gusta. Y está sensible porque ni el Güiri Güiri ni Brozo estarán diariamente en un programa para humanizar la Copa del Mundo. Pero para que veas que no hay indiferencia y si hay fiebre mundialista, el domingo 27 de Noviembre vienen 10 amigos a ver el España vs Alemania”.
Eso sucedió hace 3 horas, y aún no me dirige la palabra.