El desierto de Qatar ha llenado este mundial de espejismos.
Antes del arranque, nos ilusionaba una Alemania renovada y Bélgica posicionándose como una potencia futbolística.
Nos hizo creer que España era un equipo hecho y derecho que impondría condiciones ante cualquier rival.
El espejismo también mostró que el futbol vertical y alegre de Canadá alcanzaría para sacar puntos y que la rebeldía de Costa Rica dejaría fuera a germanos y españoles.
Cuando más sedientos estábamos los mexicanos buscando un oasis, un espejismo nos mostró que podíamos avanzar a la segunda ronda, que solo nos faltaba un gol, que el milagro podía consumarse.
El desierto tiene esa característica de mostrar cosas que no son reales. Se acerca la conclusión de la primera fase y tenemos que ser realistas:
Solo Argentina y Brasil marcan diferencia en Sudamérica. Uruguay y Ecuador son de momentos.
Concacaf es la confederación más débil (no estoy considerando a Oceanía). Tres de sus cuatro representantes están fuera.
Francia, con equipo completo, es una máquina de futbol que puede doblegar a cualquiera.
Messi y Cristiano siguen marcando diferencia y siendo los referentes de su equipo. No importa su edad ni cuando leas esto.
La realidad más cruda es que México no tuvo evolución. Al contrario, dio pasos hacia atrás y se despide de la Copa del Mundo viendo cómo su archirrival está instalado en el cuarto partido. Pase lo que pase, quedará ubicado por encima del Tri. ¿Recuerdas cuando Miazga hacía una señal de que no encontraba a Diego Lainez? Pues así están hoy los gringos buscando a los mexicanos. No estamos en su visión.
Si se notó mi amargura en mis letras, me disculpo. Aún estoy dolido por la derrota del Tri.