Nuestras élites están conscientes de su papel clave para la supervivencia y el desarrollo no sólo suyo sino de nuestro estado y país. Su problema más grave es el de adecuarse a la velocidad con la que corren los nuevos tiempos. Siguen aferradas al orden unipolar establecido a partir de la desintegración de la Unión Soviética (1991) y liderado por los Estados Unidos. Pero esa aparente sólida realidad está quebrándose y nuestras élites no se quieren enterar, arropadas por los interesados emisores de información de la Anglósfera, que es nuestra jaula geopolítica.
¿Por qué hablo de geopolítica? Porque la geopolítica es la política real, mientras que lo nacional y local es mera gestión administrativa.
China lidera la multipolaridad, pero no está sola. Junto con el resto de países del grupo de los BRICS+ (India, Brasil, Sudáfrica, Rusia, Argentina, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía y Egipto) supera ya al Grupo de los Siete (Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Italia, Francia, Alemania y Japón), de acuerdo a la paridad por poder adquisitivo: una manera más exacta de medir la riqueza de las naciones.
¿Y México? Seguimos subordinados al hoy decadente Estados Unidos, igual o peor que cuando nos robaron más de la mitad de nuestro territorio. ¿Jamás seremos una potencia mundial? La multipolaridad no es una nueva subordinación, sino una palanca para tener algo de veras propio qué decir al Mundo en lo que queda del siglo XXI. Y para ser potencia lo primero es atreverse a serlo.