En la práctica legal, existe un abismo entre un buen abogado y un defensor que litiga el asunto sin mayor contexto que la pura interpretación de la ley.
Ahora bien, sucede que además de aplicar el contenido literal de la norma, se empeñan en construir expectativas vagas, superfluas e ilusorias en el cliente, envolviéndolo para un pago de honorarios.
Esto ha entorpecido en demasía la impartición de justicia, por lo que se ha incrementado el número de apelaciones o amparos en donde se objetan circunstancias sin fundamento con la única finalidad de alargar los procedimientos y rezagar el cumplimiento de determinada obligación en perjuicio del contrario.
Por otro lado, estimada o estimado lector, tenemos que ser muy realistas al momento de contratar una asesoría jurídica toda vez que, en ocasiones, sale más caro el impulso de una controversia por medio de los tribunales que negociar pacíficamente un disenso; finalmente, siempre existirá una persona que decida tomar las riendas del expediente, sabedor de que el resultado es ocioso y nada favorable.
Es por estas razones que tenemos que ser buenos abogados para determinar con profesionalismo, el futuro de una causa que puede resultar adversa o en su defecto, buenos perdedores tratándose de los justiciables, sincerándose sobre el mérito de lo que reclaman.