En una clase de negocios, el profesor planteó la situación, -a manera de estudio de caso-, que enfrentó el gobierno de un país del lejano Oriente en el que la desnutrición castigaba sin compasión a su población infantil.
Dicho gobierno diseñó un producto alimenticio en forma de barra/golosina que aportaba nutrimentos esenciales indispensables para el crecimiento y desarrollo en esta edad, y todo estaba dispuesto para el inicio de su producción. La última decisión a tomar era la determinación del precio de venta -o gratuidad, en su caso-, de dicho producto, en el entendido de que iba dirigido a un sector de la población en estado de extrema pobreza.
Se nos proporcionó alguna información financiera sobre los costos de producción y se organizaron los equipos de trabajo que competirían para aportar la solución más adecuada al problema. Tras una deliberación inicial, los equipos manifestaron que la información proporcionada era insuficiente para tomar una decisión que garantizara la viabilidad financiera del proyecto en el largo plazo y, al mismo tiempo, la adecuada disponibilidad del producto para la población meta.
El veterano profesor de origen checo, con reconocida trayectoria en dirección de empresas internacionales, nos miró con ojos de pistola y sentenció: “en la vida real NUNCA tendrán la información completa ni el detalle de todas la variables involucradas en el problema, de manera que tendrán que tomar decisiones con la mucha o poca información de que dispongan”.
Tras el zape recibido, los equipos trabajamos con eso, entregando las propuestas más dispares, que iban desde poner un precio ‘razonable’ al producto,-que recibió el abucheo de un sector del salón por ser un planteamiento irresponsable e insensible, dada la situación de miseria de la población en cuestión-, hasta aquellas que propusieron la distribución gratuita del producto, que fue también abucheada, ahora por el otro sector del salón, por ser poco realista en lo referente a la cobertura de los costos del proyecto, lo que implicaría un 100% de subsidio gubernamental en un país pobre.
Pero, independientemente de la calidad de las propuestas, el mensaje central fue la imposibilidad, -en el mundo real-, de tener toda la información, y si bien es cierto que con mayor información se pueden tomar mejores decisiones, esta nunca será completa. Esta máxima no sólo aplica a las decisiones de negocios o de la administración pública, aplica también a todos los ámbitos de la vida personal, como la elección de una pareja (a quien podremos conocer en plan de noviazgo, pero no hay manera de saber cómo será en plan de esposo(a) hasta que se eche a andar el ‘mártirmonio’), ni todos los pormenores de su vida actual o pasada.
El año que comienza impone un grado de incertidumbre inmensamente mayor al de cualquier inicio de año de las últimas décadas, en el que habrá que votar por personajes de los que no sabemos lo suficiente u otros cuyas trayectorias dan motivos para creer que su ‘trabajo’ seguiría siendo desastroso. Gran dilema. Por otro lado, la economía nacional e internacional, como repasamos en la columna anterior, estará sujeta a presiones y ajustes cuyas consecuencias son altamente impredecibles.
Finalmente, cada decisión en la vida es, en buena medida, una apuesta, y nuestro trabajo será echar a andar cosas con lo que hay disponible y ver cómo resultan. Ya ajustaremos la estrategia sobre la marcha. Que la incertidumbre no nos detenga este 2024. Ánimo.
Nunca nos vamos limpios
Cada año suelo retar al destino, (la cosa más oligofrénica que uno puede hacer), diciéndole: sorpréndeme con que el día primero de enero no pasará nada malo. Ya me imagino la risa del Universo al escuchar mis empoderadas palabras, respondiendo: ¡oigan a la queen! Aunque he de confesarles que también se lo he pedido por favor y hasta por piedad, ¡pero ni así!
Creo que más bien le doy ternurita, porque sabe que no acabo de entender que las cosas en este plano no suceden como las quiero, y si no se le pone adrenalina, corremos el riesgo de quedar aletargados con la resaca de amor y paz decembrina por lo que, por nuestro bien, es imperativo zangolotearnos un poco para ponernos en estado de alerta y poder sortear el Jumanji que se llama vida.
Claro que este primer día del año, lo de la zangoloteada fue literal: el terremoto de Japón no fue menor, y el susto vino por partida doble, cuando un avión de la Guardia Costera que llevaba ayuda humanitaria, colisionó en el aeropuerto de Haneda con otro de Japan Airlines. Fallecieron cinco miembros de la Guardia Costera, y se reportaron 379 ocupantes del otro avión que afortunadamente pudieron ser evacuados, lo que nos deja reflexionando sobre nuestra fragilidad.
También nos preocupa que muchos compatriotas mexicanos andaban vacacionando por aquellas latitudes (parece que hoy, viajar al continente asiático es más barato que al europeo), y como dicen: cuando te toca, aunque te muevas, ya que a los mexicanos chilangos que andaban por allá, sí o sí, les hubiera tocado movida, porque en CDMX también tembló ese día, situación que nos llevó a llamarles nuevamente a todos nuestros familiares defeños, porque lo habíamos hecho el domingo para felicitarlos y les dijimos que todo estaría bien y sin sobresaltos. ¡Pero, zaz! El lunes fue para preguntarles si estaban bien y que se prepararan con bolillos, porque los sustos van a continuar pese a nuestros buenos deseos.
Aunque una de las bendiciones más grandes es que en Querétaro no se sienten los temblores. (Esta información es para consumo local. Para el resto del país, aquí los temblores se sienten horrible. Por favor, volteen para otro lado). Pero eso no nos libra de la inflación, que afecta a la canasta básica, a los servicios y hasta a la talla de mi ropa, porque todavía falta entrarle a las roscas de reyes, mismas que cuestan como si las hicieran en Dubai.
Le esperamos hoy miércoles a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí…para echarnos otro caldito.