A lo largo y ancho del planeta los pueblos de la antigüedad dejaron registro de la presencia de entidades superiores que condujeron sus destinos durante largos períodos. Estos dioses no habrían sido meras presencias distantes ni puramente imaginarias, sino entidades de carne y hueso (no necesariamente de aspecto humano), que vivían entre los terrícolas e interactuaban cotidianamente con ellos para enseñarles sobre agricultura, arquitectura, artes, ciencia y, por supuesto, gobernarlos.
Estos dioses, temidos y respetados, tenían nombre: Ra, Quetzalcoatl, Huitzilopochtli, Enki y otros más que, si bien la historia oficial los considera como meras leyendas o simple mitología, existen indicios de que esos relatos pudieron ser reales, como muestran las imágenes egipcias y mesopotámicas que ilustran a humanos al servicio de soberanos de gran estatura, o simplemente la presencia de obras arquitectónicas monumentales no replicables ni con la tecnología actual.
De haber sido esto cierto, tuvo que llegar el momento en el que estos dioses desaparecieran de la vista para dejar a los humanos conducirse y gobernarse por sí mismos. La pregunta, entonces, sería: ¿qué tan bien lo hemos hecho después de tantos siglos?
Los resultados son desastrosos: pobreza, guerra, criminalidad, corrupción, engaño, polarización, desorden, cinismo, autoritarismo y un largo etcétera, que demuestran que como seres políticos somos un fiasco y que la clase gobernante -salvo honrosas y escasas excepciones-, es el verdadero azote de la especie, que no las pandemias ni las catástrofes naturales. Y como gobernados no cantamos mal las rancheras al permitir el acceso y enquistamiento de los peores clanes gobernantes posibles.
Ante el rotundo fracaso del experimento humano me pregunto: ¿será tiempo de que regresen los dioses a imponer el orden que nosotros somos incapaces de establecer? Razones no faltan. La mesa está puesta.
Tenemos de todo
En días pasados entré en contacto, gracias a las “benditas” redes sociales, con una buena amiga de la que no sabía desde hace varios años, ya que aproximadamente hace veinticinco emigró de México y no ha pisado tierras aztecas desde entonces. Fue así que surgieron las obligadas preguntas: ¿cómo has estado? ¿cómo van las cosas por allá?
Dar respuesta a esas curiosas y nostálgicas preguntas nos tomó una hora de conversación. Mi contestación a la primera fue simple, comentándole que todo marchaba bien, a lo que ella respondió que le era grato escuchar tan buen panorama al interior de mi familia, pese a la situación y a las noticias trágicas que llegaban de nuestro país.
En ese momento procedí a responder la siguiente pregunta diciéndole: pues fíjate que yo no sé en Canadá, pero acá no nos falta nada. Fueron instantes de un silencio sepulcral por parte de ella. Seguramente pensó que mi estado mental no era bueno, hasta que proseguí sin reparo mi narrativa de manera coloquial: mira, no sé si recuerdes bien al país donde naciste, pero el territorio es una chulada. Sigue con su forma de cuerno de la abundancia y como tal, aquí no nos falta nada. Por ejemplo: tenemos abundante pobreza, inseguridad, incertidumbre, miedo, polarización, ignorancia, corrupción, influyentísimo, desabasto de medicamentos, desempleo y sequía, aunque dicen que próximamente nos va a llegar el agua hasta el cuello. Bueno, hasta alienígenas tenemos. Las Universidades de Harvard y Montana acaban de publicar que en el interior del volcán Popocatépetl podrían existir bases extraterrestres y que estos seres incluso vivirían camuflados entre nosotros, lo que explica la presencia de algunos vecinos raros que tengo. ¿Cómo ves? ¿Te apetece regresar acá?
Al terminar mi entusiasta narrativa sólo escuché el sonido de un teléfono colgado. ¿Se habrá impresionado de lo mucho que tenemos o habrá pensado que padezco de mis facultades mentales?
Le esperamos hoy miércoles a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí…para echarnos otro caldito.