Se dice que los humanos somos seres híbridos formados por cuerpo, mente, alma y/o espíritu, por lo que nuestros comportamientos y decisiones estarían generados compartida o alternadamente por estos componentes, aunque no es un secreto que la mente cerebral, en su nivel consciente y más aún, en el inconsciente, es la autora del mayor volumen de pensamientos y reacciones, buena parte ellos de comprobada naturaleza animal.
Así es como generamos constantemente pensamientos y reacciones negativas, agresivas, destructivas y, lo que es peor, autodestructivas, lo que nos convierte en una especie beligerante generadora de guerras en forma intermitente, siendo los períodos de paz aquellos que se requieren para la recuperación poblacional y económica y estar así listos para la siguiente y con cualquier pretexto, cosa que aplica no sólo a las naciones, sino también a las familias y a los individuos.
Tal reflexión regresó antenoche a mi mente, al escuchar una más de las penosas, épicas y repetitivas confrontaciones familiares en la casa de al lado, en las que las agresiones físicas y verbales de ínfimo nivel alertan al vecindario y hasta la presencia policíaca ha sido requerida, lo que nos lleva a pensar en la actitud que como humanos podemos desarrollar hacia nuestra propia rijosidad y agresividad: ¿nos sentimos cómodos con ellas? ¿Disfrutamos, -consciente o inconscientemente-, de la negatividad, de los estados depresivos y la victimización?
Porque a nivel político sí se notan aquellos que gozan del trompo y hacen de él su modus operandi, disfrutando como niños su propia esencia negativa. Trump retoza con su guerra arancelaria como lo hizo López Obrador dividiendo al país a base de odio y resentimiento. Pero ellos son lo que la gente elige. La interrogante sería: quienes los votaron ¿también disfrutarán de lo mismo?
La Piedra
El domingo pasado asistimos a la iglesia con motivo del primer año que mi mamá se fue al cielo, básicamente por respeto a las tradiciones y religión que ella profesaba. Porque he de confesar, hablando de religión, que eso de asistir a misa no es nuestro hit, y peor después de haber comido opíparamente y con el calorón de esa tarde en particular, ya que el mal del puerco no nos iba a permitir atender al sermón y llegar libre de cabeceadas al “malamén”.
Pero esta vez, como se trató de rezarle a mamá, creo que nos pudimos mantener despiertos y atentos. Ese día el Evangelio fue el de Juan 8:1-7, en el que el rabí de Galilea, estando en el Monte de los Olivos enseñando a la gente, fue interrumpido por los maestros de la Ley y los fariseos, quienes le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de la turba, le preguntaron si debían apedrearla como marca la ley de Moisés, a lo que sabiamente Jesús, conociendo las truculentas intenciones de aquellos, respondió: aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Obviamente, nadie se atrevió.
Esto viene a colación porque el sacerdote celebrante hizo conciencia sobre la importancia de no juzgar y castigar. Pero, ¿se puede? El ser humano es imperfecto por naturaleza y blanco fácil para las pedradas. Aunque sin ser una echadora de piedras, puedo opinar que hay niveles de imperfección. Esto no lo digo a manera de juicio (como muchos pueden pensar), lo digo a manera de observación, que no es lo mismo. Esta práctica la tenemos Marido yo con la finalidad de diagnosticar el comportamiento de las personas, -recuerden que Marido es galeno-, lo cual nos permite, en muchas ocasiones, librarnos de caer en conductas o acciones dañinas para uno o para el entorno o, por el contrario, podemos imitar el lado bueno y fructífero del humano en cuestión.
No se trata de ser lapidario, se trata de observar a manera científica esos comportamientos destructivos y autodestructivos, ya que existe gente que no necesita que le arrojen piedras para dañarlos, solitos se tropiezan una y otra vez con la que ellos mismos encuentran y se ponen en el camino, y hasta podemos opinar que su desgracia la disfrutan. Imagínense si nos gustara arrojar piedras a los seres con los que no estamos de acuerdo. Traeríamos un costal lleno de piedras, tan pesado como la loza del Pípila, junto con una resortera, e iríamos por la vida descalabrando gente cada veinte metros, pero eso no estaría bien y verdaderamente no tendríamos perdón de Dios.
Así que, como reflexión les digo: no juzguemos pero sí observemos. No veamos la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el nuestro. ¡No arrojemos piedras!, a menos que sean las de riñón como las de Marido, al que siempre le he dicho cada vez que las arroja, que él es un santo y que está libre de pecado.
Le esperamos hoy miércoles a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí…para echarnos otro caldito.