La tradición política de los mandatarios al convertirse en expresidentes exigía guardar silencio y discreción (de preferencia, en el autoexilio) para, así, dejar operar libremente al entrante. Así ocurrió, incluso, habiéndose dado la alternancia en el incipiente siglo XXI, pero no duró mucho. Vicente Fox comenzó a expresar sus “ocurrentes” opiniones ante los dislates peñanietistas y, más tarde, Felipe Calderón en respuesta (¿cómo no?) al desastre obradorista y por haber sido agarrado como enemigo número 1 del régimen.
Ernesto Zedillo guardó silencio por mucho tiempo, llevando una vida académica en el extranjero, pero, ante el desmantelamiento democrático y del Estado de derecho (y no exento de sus propios yerros), decidió subirse al ring y detonar un nuevo episodio de las guerras de lodo (empleo el término “lodo” resistiéndome a usar otro más escatológico, aunque más preciso), provocando la furiosa respuesta de la presidenta Sheinbaum, dejando entrever una posible persecución hacia el primero.
Pero así son las cosas y, en donde quisiéramos atestiguar competencias de logros, progreso, crecimiento económico, avances en materia de salud, de seguridad y de educación, además de su ausencia, solo vemos negación de la realidad y confrontación de ínfimo nivel.
Y no es ningún consuelo saber que esta lamentable práctica no es exclusiva de nuestro tombolero país ni de estos decadentes tiempos. Ya en épocas de la Roma antigua, de la Grecia clásica y de la Revolución Francesa, se registraron episodios de recriminaciones entre personajes políticos de frentes contrarios. En estos días, Trump, haciendo gala de infinito descaro, culpa a su antecesor, Joe Biden, del desastre económico que él está provocando con su guerra arancelaria.
Y así será hasta que surja o arribe otra especie que gobierne la Tierra.
Incongruencia
Es el término que viene a mi mente al enterarme de que Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del expresidente más antimonárquico (aunque él y su familia vivieron en un lujoso palacio), tuvo la desfachatez de presentarse en el Consulado de España en la CDMX, especulándose, de inicio, que era para solicitar la ciudadanía de ese país, acción que llevó inmediatamente a que le llovieran los recordatorios (también de esos otros) de todo lo que ella había promovido en contra de la monarquía española durante el sexenio de su marido y que verdaderamente esa incongruencia era, a todas, luces notoria y hasta grosera.
¡En la Madre (Patria)!, ya me la imaginaba agachando la cabeza rindiéndole lealtad y respeto al rey, lo cual es un requisito indispensable para otorgar dicha nacionalidad. ¿Cuántos sapos hubiera tenido que tragar?
Aunque, después, salió que su acercamiento solo fue para solicitar información para una residencia legal por motivos académicos. ¡Ay, ajá! ¿A quién le quiere dar atole con el dedo? Así entran muchos a España para, después, buscar la nacionalidad, que no nos venga con que “Chuchita was robbed”.
Independientemente de que ya conocemos de qué van los procederes de estos personajes, mis preguntas serían: ¿Por qué, habiendo otros lugares para “estudiar”, quiere irse a España? ¿Le va a llevar unos chocolates del Bienestar de regalo al rey? ¿Cómo estarán las cosas en México y cuánta cola tienen que les pisen que serían capaces de pedir “perdón” a España con tal de salir de aquí? ¿Qué pensará el rey Felipe VI de todo esto? ¡Jolines!
Le esperamos, hoy miércoles a las 21:00 hotas en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable y, por ‘streaming’, en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí… para echarnos otro caldito.