El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca trajo consigo el uso estreno garrote arancelario como arma para el fustigamiento de los enemigos, -reales o inventados- de los Estados Unidos, pasando por encima de tratados y acuerdos comerciales previos.
Y es que Trump no se equivoca al argumentar el inequitativo desbalance que ha imperado entre las tasas de impuestos a sus exportaciones hacia otros países versus las que EEUU impone a las de estos. Sin embargo, su aplicación unilateral, agresiva y no cabildeada con su propio congreso denota el ímpetu personal y su estilo de negociador callejero, con el que presiona e infunde miedo a aquellos gobiernos que le son incómodos.
Por su parte, México contribuye a esa justificada repulsión con su escandalosa degradación social y política, que incluye la corrupción rampante, el desmantelamiento institucional y, en particular, la cooptación amañada del Poder Judicial, violatoria también del T-MEC, por la que el árbitro para los futuros conflictos en materia comercial simplemente no será confiable y que es, desde ya, factor anunciado en la caída de la inversión extranjera directa, aunque se presuma lo contrario en Palacio Nacional.
Encima de esto, Estados Unidos presiona a México a imponer nuevos aranceles a las importaciones chinas, algunas de las cuales entraron en vigor el pasado mes de Agosto, más las que están por venir.
En este escenario de incertidumbre, la renegociación del T-MEC a realizarse próximamente será de pronóstico reservado, con altas posibilidades de no renovarse.
¿Será el fin del libre comercio y el retorno del contraproducente proteccionismo del siglo pasado?
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