Esta pregunta nos la hacemos cada año desde el siglo pasado, los que nacimos en él. En un país que no sale del subdesarrollo y con la corrupción como marca tradicional de sus gobiernos, el ánimo no daba a muchos para la celebración, aunado a la nueva interdependencia multilateral que la globalización trajo en la segunda mitad del siglo.
Y si creímos haber visto todo, en el nuevo milenio el retroceso institucional de la mano del avance imparable de la corrupción hasta niveles inimaginables, con las evidencias del masivo y vulgar saqueo a la nación, muy especialmente en la era morenista, con la resultante intervención del gobierno estadounidense en los asuntos de seguridad de México, poco dan para presumir de verdadera independencia.
Pero a pesar del deplorable y caótico estado actual de esta patria, lo que realmente celebramos es el recuerdo de ese puñado de valientes que nos la dieron, la mayoría de ellos pagando con sus vidas el precio del sueño libertario y de justicia. Humanos como cualquier otro, con virtudes y defectos, con visiones diferentes y, -¿por qué no?-, con intereses personales y de grupo, consiguieron conjuntar un proyecto que, con errores y aciertos, logró la autonomía de esta bendita tierra, posteriormente conocida como México.
Gloria para los inmortales con apellidos comunes como Hidalgo, Morelos, Allende, Ortiz de Domínguez, Guerrero, Victoria y otros, que lograron lo impensable en tiempos igualmente oscuros. Desprecio y deshonra para aquellos que día a día trabajan para la descomposición y degradación de esta patria que tanta sangre costó conformar.
¡Al agua patos!
Al momento de escribir estas líneas, confieso con alegría que estoy tranquila, bien bañada y libre de cochambre ya que, bendito sea, se regularizó el suministro de agua en Querétaro, después de la contingencia por el desfogue de la presa Zimapán, que nos hizo reflexionar y valorar la importancia del vital líquido.
Por mi parte, tengo entrenamiento previo ante este tipo de contingencias, ya que haber crecido en Iztapalapa me permitió enseñarle a Marido las técnicas del baño vaquero y del “cantinflezco”, dependiendo del grado de escasez de agua, o bien, el ‘échate doble desodorante y perfume’. También que los platos y los vasos se usan dos veces y otras improvisaciones que aplicamos en el camino, lo que nos permitió sobrevivir y salir bien librados de tan complicada situación, esperando que, para todos, las cosas también sean favorables o en vísperas de recuperación.
¿Broma?
Estando el pasado lunes curioseando por la red, me aparecieron en un medio importante unas fotografías del personal del Ejército Mexicano con unos uniformes algo extraños y carnavalescos. Les describo: vestían un pantalón con un intento de camuflaje como si quisieran ocultarse en los Jardines Colgantes de Babilonia, junto con una camiseta verde con mangas adaptadas de la misma tela del pantalón. Pero donde ya se me volaron las retinas, fue cuando vi que portaban una suerte de hombreras como de futbol americano, pero de estilo prehispánico, como si fueran mayas del juego de pelota en Chichén Itzá. Cuando vi a estos militares, me parecieron una mezcla entre Power Rangers y dilophosaurus. Fue cuando dije: es broma ¿verdad?
Inmediatamente verifiqué que no fuera una mala pasada para nuestro Ejército. Pero no, resulta que ¡es verdad! La noticia provino de la Secretaría de la Defensa Nacional acerca de esos uniformes que portaría la Compañía Chimaltlalli del Heroico Colegio Militar durante el Desfile Cívico Militar 2025, que se realizó el martes 16 de Septiembre en el Zócalo capitalino y en las principales avenidas de la Ciudad de México.
¿Qué intentaron hacer? ¿Ridiculizarlos? ¿Quién diseñó esos uniformes? Hasta Balenciaga se hubiera escandalizado. ¿Querían hacerlos ver más temibles? Porque igual y sí matan al enemigo, pero de risa. ¡Devuélvanle la dignidad a los militares!
Le esperamos hoy miércoles a las 9:00 de la noche en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por streaming en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí…para echarnos otro caldito.