Se acabó el torneo… y duele, porque Gallos hizo lo suyo. Ganó donde debía ganar, peleó cada balón, dejó el alma en Juárez y cerró con dignidad un torneo que, aunque no alcanzó para el Play-In, nos devolvió algo más valioso: el orgullo de ser queretanos.
Fue un cierre de película. El equipo cumplió con su parte, pero el destino —o más bien otros resultados— decidieron otra cosa. Cruz Azul cayó “misteriosamente” ante Pumas, y esa combinación improbable terminó dejándonos fuera. Duele, porque fue injusto. Porque Gallos no merecía mirar la fiesta desde afuera.
Aun así, no hay nada que reprochar. Este grupo se vació en la cancha. Desde el arco hasta el último cambio, cada uno entendió lo que significa defender estos colores. La afición también jugó su torneo: alentando, sufriendo y creyendo hasta el último minuto.
Quizás lo que pesará será aquel partido en Torreón, esa noche en que todo se escapó entre errores y desconcentraciones. Pero si algo demostró este torneo, es que Gallos volvió a competir. Volvió a creer.
Hoy no hay tristeza, hay orgullo. Porque si este equipo mantiene el espíritu, pronto seremos protagonistas. Gallos se quedó fuera, sí, pero lo hizo de pie, con el pecho inflado y la mirada al frente.
Porque así somos los queretanos: podemos caer… pero jamás dejamos de cantar.