Como en todas las historias de Navidad, ésta también tiene sus fantasmas. No vienen a asustar, vienen a recordar. Hoy aquí en esta Nochebuena bien podrían aparecer tres espíritus vestidos de azul y negro: el Gallo del pasado, el del presente y el del futuro.
El primero nos llevaría a la etapa de los antiguos dueños; los años en los que Gallos nunca fue prioridad. Cada vez que surgía un jugador bueno, uno que ilusionaba, terminaba yéndose a Tijuana. Siempre fuimos el hermanito incómodo, el olvidado, el que recibía las sobras, el que nadie quería presumir. En ese camino, la afición también fue borrada. Los grupos de animación, la gente, el sentido de pertenencia… todo quedó en pausa. El equipo seguía existiendo, pero sin identidad, condenado a no hacer ruido.
El segundo fantasma nos muestra el presente. Un club que cambió de manos y que desde el primer día tuvo que reconstruirse con lo que había. Le quitaron jugadores, hubo poco margen de maniobra y decisiones contrarreloj. Y aun así resistió, haciendo papeles aceptables, compitiendo y peleando con dignidad hasta el final.
Y entonces aparece el tercero. El del futuro. Un Gallos Blancos que comienza a construirse desde otro lugar: el software, la planeación, los datos y la estructura. Un proyecto que intenta aprender de su historia. En Navidad no se piden campeonatos. Se pide paz, paciencia y amor por los colores. Porque este Gallo sólo podrá cantar si su gente vuelve a creer. ¡Dale Gallos! ¡Feliz Navidad!