Creo que parte de lo que se debe de conocer en Tequisquiapan es, sin duda, su historia, sobre todo, porque parte de esa historia va vinculada a San Juan del Río, ya que, por mucho tiempo, perteneció a nuestro municipio y su desarrollo y su formación es parte de lo que los sanjuanenses nos sentimos orgullosos.
En mi visita, tuve la oportunidad de visitar la Parroquia de Nuestra Señora de Santa María de Asunción, el principal templo católico de la ciudad, el cual se concluye de construir en el siglo XX, pero con antecedentes desde el siglo XVIII, cuando se crea la parroquia como institución de ese lugar.
El templo parroquial es un ejemplo de arquitectura neoclásica tardía con aspectos muy relevantes, sobre todo, en lo que se ha realizado últimamente en su restauración con aspectos destacados de pintura dando un aspecto señorial; por cierto, en la última etapa de la restauración, se ha realizado un trabajo sumamente hermoso en la capilla de la Santísima Virgen de Guadalupe, que se ha rescatado totalmente y que, incluso, se reconstruyó el altar que tenía ese lugar.
En ese mismo espacio, se encuentran sepultados varios destacados personajes que han sobresalido en la historia de la iglesia en Tequisquiapan, entre ellos, el padre Carlos Cabrera Pedraza, quien nació en esta ciudad de San Juan del Río, destacando como poeta muy sensible, pero, además, un párroco muy cercano a sus feligreses. Él fue hermano de otro destacado sanjuanense, el poeta Pablo Cabrera y también hermano del padre Salvador Cabrera, que, por mucho tiempo, fue canónigo de la catedral de Querétaro.
El padre Cabrera fue muy llorado en su muerte en Tequisquiapan y también se le recordaba con mucho cariño en nuestra ciudad por su estancia en la época de la persecución religiosa, inclusive, él fue responsable de la parroquia de la ciudad como templo en custodia, mientras la sede parroquial se trasladó al templo de Santo Domingo.
Sería muy loable de rescatar los hermosos poemas del padre Cabrera, así como sus escritos que, en parte, enseñaban la doctrina cristiana o vidas ejemplares como la del mártir sanjuanense Manuel J. Campos Loyola.
En la misma capilla, también se encuentra sepultado monseñor Florencio Olvera Ochoa, quien fue obispo de Tabasco y de Cuernavaca, siendo tequisquiapense de nacimiento y, en algún momento, vicario de la parroquia de San Juan Bautista en nuestra ciudad. El recuerdo permanente para estos dos personajes que, sin duda, dejaron huella en la historia de nuestras ciudades y que, sin duda, son ejemplos para seguir.