Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Hitler y de su movimiento ante la población seguía en lo alto. El nazismo daba rumbo y razón de ser a la nación; su militarismo aportaba la percepción de poder y protección; su antisemitismo y etnocentrismo daban cohesión y sentido de pertenencia a los alemanes e, incluso, una sensación de superioridad racial. ¿Qué podría salir mal?
Y mientras la coalición aliada cerraba el cerco, liberando países y territorios invadidos por el Führer, la población vivía el sueño alemán dentro de su burbuja de orden, nacionalismo y bienestar, ignorante de la inminente y estrepitosa derrota, pero sobre todo, ignorante de la vileza y oscuridad del entramado hitleriano. El aparato propagandista hizo tan bien su trabajo, que el nazismo contaba con adeptos incluso en otros continentes, como el americano.
Décadas después del holocausto, la lección es olvidada por el colectivo, no así por los manipuladores. La película se repite, -con otros colores, banderas y actores-, en cualquier lugar del mundo, como en Latinoamérica. Para los regímenes autocráticos, la distorsión de la percepción es un requisito: el pueblo se siente feliz, feliz, feliz, decía AMLO, mientras su movimiento saqueaba (y lo sigue haciendo), las arcas en forma inmisericorde.
Así, el bienestar es sólo una percepción, un estado mental, y como tal, es influenciable, moldeable como la arcilla, como un juego de plasticidad. Esto lo sabían los nazis y lo saben los demagogos de hoy. Los elementos imaginarios para el discurso y el adoctrinamiento: la soberanía, la democracia, primero los pobres. La materia prima: la ignorancia, la credulidad, la pasividad de la mayoría. Un juego mental en el que percepción mata realidad. Esas mayorías difícilmente se levantarán; reciben su efectivo mensualmente. No querrán perder la raquítica dádiva, dicta su lógica.
Y ni con el masivo torrente de evidencias de corrupción y perversidad del cuatroteísmo, -desplegado a lo largo de los años e identificado tardíamente por los norteamericanos como amenaza a su seguridad nacional-, las cabezas visibles del movimiento resienten algún retroceso importante en su popularidad, aunque continúe su ferviente actuación encaminada a derrumbar toda institucionalidad que les impida enquistarse indefinidamente en el poder. Mientras el cazo no hierva, las ranas seguirán nadando en el agua cada vez más caliente, asumiendo que eso es lo normal.
“Juegos mentales”, cantaba John Lennon.
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