En La Corregidora hay un reloj que no marca minutos: marca expectativas. Y esta semana venía acelerado. Días antes, la Selección Nacional convirtió el estadio en una fiesta, goleó y dio cátedra junto con la afición queretana. Cuando ves que las cosas se pueden hacer tan bien aquí, la vara se queda allá arriba… y todo lo demás se mide con esa referencia.
Con ese antecedente, el partido de Gallos se sintió como examen. Hubo chispazos para ilusionarse, ratitos de buen fútbol y señales de carácter; también aparecieron detalles que enfrían el impulso: una jugada que cambia el ánimo, un fallo que enciende la conversación, un cierre que deja el sabor de “pudo ser más”. Y por eso el reloj hace ruido: la gente se desespera.
Es entendible. En Querétaro no estamos hechos para aplaudir empates ni para vivir de promesas. Queremos ganar, competir arriba, ver un equipo que imponga condiciones. No estamos conformes, ni debemos estarlo.
Pero exigir no es destruir. Ser críticos no es ser fatalistas. Desde el inicio se dijo que esto era un proceso: lento, con ajustes, con tropiezos que también enseñan. Si pedimos proyecto, toca sostenerlo cuando aprieta y señalar con firmeza sin prenderle fuego a todo.
La vara está alta porque la afición es grande. Ahora toca que el equipo la alcance con trabajo, constancia y convicción. El reloj sigue corriendo. La historia no está cerrada. Y en Querétaro, cuando el gallo insiste… termina cantando. ¡Dale Gallos!