Ante la saturación hospitalaria, quienes luchan contra la COVID-19 en casa enfrentan un mortal desafío: la escasez de tanques de oxígeno y las estafas por internet
Ante la saturación hospitalaria, quienes luchan contra la COVID-19 en casa enfrentan un mortal desafío: la escasez de tanques de oxígeno y las estafas por internet
Natalie Kitroeff y Oscar Lopez/NYT
Los hijos lo llaman rogando oxígeno para sus padres. Los abuelos lo llaman respirando con dificultad en mitad de la noche. Las personas sin dinero le ofrecen sus carros.
Juan Carlos Hernández les dice a todos lo mismo: no le quedan tanques de oxígeno.
Después de sobrevivir a su propia pelea con el coronavirus y de quedarse sin trabajo, Hernández empezó a vender tanques de oxígeno en su carro. Este invierno, una segunda oleada de coronavirus azotó México y la demanda de oxígeno se disparó, lo que causó una escasez nacional de dispositivos que suministran este recurso vital.
Los precios se dispararon. Surgió un mercado negro. Y para un número cada vez mayor de mexicanos, las probabilidades de supervivencia quedaron de repente en manos de vendedores de oxígeno improvisados como Hernández.
“Estamos en el mercado de la muerte”, dijo Hernández. “Si no tienes el dinero, puedes perder a tu familiar”.
El resurgimiento de la pandemia en México ha dejado más personas infectadas que nunca, entre ellas el presidente del país, Andrés Manuel López Obrador.
Con los hospitales abarrotados y una profunda desconfianza en el sistema sanitario que lleva a muchos a enfrentar la enfermedad en casa, la cifra de muertos del país se disparó.
Ahora la cifra de fallecimientos de México es la tercera más alta del mundo, superior a la de India, una nación diez veces más poblada.
Así que a los mexicanos les toca competir por el limitado suministro de tanques de oxígeno que entregan de casa en casa los emprendedores como Hernández, quien trabajaba como agente de préstamos para tractores y quien admite sin reparos tener dudas sobre su actual actividad, pues no tiene “ninguna formación” ni permiso, pero justifica su trabajo porque “salva vidas”.
“No deberías lucrar del dolor ajeno, se me hace inhumano. Pero al final del día lo estoy haciendo también”, dijo.
“No estoy haciendo lo que me haga feliz, estoy aprovechando una oportunidad de ganar dinero”, agregó. “Tengo que comer”.
Un jueves reciente, contó, recibió tantas llamadas que tuvo que poner una en espera mientras respondía a otra. Le cuesta quitarse de la cabeza el recuerdo de cómo suenan las voces de las personas cuando les dice que no tiene tanques disponibles.
Hernández dejó de vender tanques en diciembre, cuando los distribuidores a los que compraba subieron tanto los precios que no pudo tolerar tener que trasladar el costo a sus clientes. Ahora vende concentradores, que son más caros y atraen a una clientela más pudiente. En una buena semana, gana el doble de su antiguo salario ofreciendo préstamos.
Para sobrevivir en casa, los pacientes más enfermos necesitan que se les bombee oxígeno purificado a los pulmones las 24 horas del día, lo que hace que sus amigos y familiares se vean obligados a ir en busca —a menudo sin éxito— de tanques y rellenarlos varias veces al día.
David Menéndez Martínez no tenía ni idea de cómo funcionaba la oxigenoterapia hasta que su madre se enfermó de COVID-19 en diciembre. Ahora sabe que el tanque más pequeño en México puede costar más de 16 mil pesos.
Menéndez tenía algunos tanques que sus amigos le habían prestado, pero aún así pasaba horas esperando para rellenarlos en las filas que se extienden por todas las colonias de la Ciudad de México.
“Te toca ver personas cómo bajan con los tanques y quieren meterse adelante en la fila y acaban llorando. Llegaban desesperados”, dijo Menéndez, recordando las súplicas que escuchó: “Mi papá está en 60 de saturación. Mi hermano está en 50 de saturación. Mi esposa ya no puede respirar. Se está poniendo cianótica. Tiene los labios azules. Ayúdame”.
Menéndez solo pensaba en su madre. “Me imaginaba que mi mamá se estuviera ahogando”, dijo.
Parte de la razón por la que ahora mueren tantas personas, dicen los médicos y funcionarios del gobierno, es la escasez: simplemente no hay suficientes tanques de oxígeno.
“El oxígeno ahorita es el agua”, dijo Alejandro Castillo, un médico que trabaja en un hospital público de Ciudad de México. “Es algo vital”.
Los nuevos brotes en todo el mundo han puesto a prueba el suministro de oxígeno en los hospitales, desde Los Ángeles hasta Lagos, pero en México, la escasez se está sintiendo dentro de los hogares.
Ocho de cada diez camas de hospital están ocupadas en Ciudad de México, el epicentro del brote, y las salas de urgencias no reciben a las personas. Muchos pacientes se niegan a buscar atención médica, impulsados por una desconfianza muy arraigada en México.
El brote en Ciudad de México comenzó a estallar en diciembre, después de que las autoridades retrasaron el cierre de los negocios no esenciales durante semanas, a pesar de las cifras que, según las propias normas del gobierno, deberían haber desencadenado un cierre inmediato de actividades. Las autoridades acabaron por endurecer las restricciones en la capital, pero luego llegaron los feriados de fin de año y muchos mexicanos desafiaron las peticiones del gobierno de quedarse en casa.
Solo en las tres primeras semanas de enero, la demanda de oxígeno a domicilio aumentó un 700 por ciento en todo el país, según Ricardo Sheffield, director de la oficina federal de protección del consumidor de México.
Al aumentar la necesidad, los precios se triplicaron. Los estafadores proliferaron en internet.
“El incremento apareció de la nada”, dijo Sheffield, quien señaló que el aumento de los precios solo funcionó porque la gente estaba muy desesperada. “Si estas personas no reciben oxígeno a tiempo, mueren”.
Luego de que su abuela se enfermó después de Navidad, Miguel Ángel Maldonado Hernández pidió prestados 16 mil 500 pesos a unos amigos para pagar a un vendedor no autorizado 32 mil pesos por un concentrador de oxígeno, una máquina que toma aire y bombea oxígeno purificado. No funcionó. Luego hizo un depósito de 2 mil pesos a un vendedor en Facebook por un concentrador que nunca llegó.
Maldonado, que vive en un barrio pobre a las afueras de la ciudad, sigue en deuda con sus amigos después de los tratos turbios.
“Estás en una situación de estrés, de angustia por tu familiar”, dijo Maldonado. “No consigues, no consigues y las opciones se te acortan y pues caes”. Su abuela murió en su cama.
El gobierno ha enviado a la Guardia Nacional de México a proteger los camiones que transportan oxígeno y ha exigido a los proveedores que den prioridad al oxígeno producido para el consumo humano sobre el oxígeno industrial que utilizan las empresas. Ciudad de México abrió varias estaciones en las que la gente puede rellenar los tanques de forma gratuita.
Pero México no produce tanques de oxígeno y no puede importarlos de Estados Unidos en este momento: “es imposible”, dice Sheffield, “la demanda es muy alta en Estados Unidos”. Los pedidos de China tardarán meses en llegar.
Para las personas atrapadas en el caótico mercado, encontrar a alguien —cualquiera— que tenga oxígeno es un alivio. En el tiempo que pasó recorriendo la ciudad en busca de oxígeno, la única alegría que recuerda Menéndez era cuando llegaba al principio de la fila y salía con el tanque lleno.
“No importaba si yo había comido. No importaba si hacía frío. No importaba si me sentía cansado, si tenía sueño. Si eran las tres de la mañana”, dijo. “Todo había valido la pena: tenía cómo hacer que mi mamá pudiera seguir respirando, pudiera seguir estando en este mundo”.
Cuando encontró un vendedor que le alquilaba un concentrador por 2 mil pesos a la semana, sintió una chispa de esperanza. “Fue una bendición”, dijo Menéndez.
La máquina mantuvo a su madre con vida durante un tiempo, pero luego sus pulmones dejaron de funcionar. La intubaron en Nochebuena y murió antes de Año Nuevo.