La invasión a gran escala de Ucrania que está llevando a cabo Vladimir Putin avanza desde el este, el sur y, hacia Kiev, desde el norte. El jueves, mientras estallaba la guerra, el presidente Joe Biden ordenó una ronda de sanciones severas, y está en marcha un nuevo y fatídico conflicto entre Occidente y Oriente, sin ningún indicio de la dirección que podría tomar ni el tiempo que podría durar.
Es forzoso aclarar que nunca hubo mucha verdad ni ninguna justificación en alguno de los pretextos que salieron de la boca de Putin en días y semanas recientes para librar una guerra contra un vecino más débil. Esta guerra es por elección y todas las razones son equivocadas. La responsabilidad de cada gota de sangre ucraniana —y rusa— derramada, de cada sustento de vida destrozado y de todos los daños económicos que engendre este conflicto recae única y completamente en Putin y su círculo de aliados.
También es importante reconocer que nadie, salvo posiblemente Putin, tiene idea de qué pasará los próximos días, semanas, meses e incluso —cabe la posibilidad— años. El presidente ruso dijo que no tenía ninguna intención de ocupar Ucrania, pero busca destituir el gobierno y perseguir a sus enemigos. Sin embargo, ¿qué significa eso? ¿Cómo pretende imponer un régimen títere sin tomar Kiev por la fuerza o secuestrar gente sin hacerse con todo el país? ¿Cuánto tiempo pretende ocupar el país?
¿Estados Unidos o sus aliados y amigos tienen la influencia, y la voluntad, para imponerle un castigo a Rusia que obstaculice las ambiciones de Putin? Cuando Biden anunció nuevas sanciones, restricciones comerciales y medidas en contra de los oligarcas rusos, señaló que iban a tener “un costo serio” en la economía rusa, “tanto de forma inmediata como a largo plazo”. Pero, aunque una caída importante de la moneda rusa y el mercado bursátil sugieren que se podría dar esta situación, las sanciones también revelan los límites de lo que Occidente ha hecho hasta ahora.
Biden anunció sanciones en contra de varios grandes bancos rusos, importantes empresas propiedad del Estado y los lugartenientes de Putin, así como restricciones sobre las exportaciones de tecnología avanzada a Rusia. Durante muchas semanas, estas medidas habían sido una amenaza, y el hecho de que no lograran disuadir a Putin indica que él estaba preparado para absorber los costos, así como esperar y ver si Occidente hacía lo mismo.
Biden estuvo a nada de imponer dos castigos especialmente duros: sanciones personales en contra de Putin y la exclusión de Rusia del SWIFT, el sistema mundial de transferencias de dinero. En particular, el último le habría provocado un daño grave e inmediato a la economía rusa. No obstante, también habría perjudicado a los países con los cuales Rusia tiene relaciones comerciales, entre ellos los miembros de la Unión Europea (UE) y Estados Unidos. Biden aclaró que todas esas sanciones seguían sobre la mesa.
En esencia, el presidente también reconoció que las sanciones iban a aumentar los costos de la energía para los estadounidenses en una época de inflación elevada. Biden señaló que el gobierno iba a hacer todo lo posible por bajar los precios del petróleo y el gas y les advirtió a las empresas estadounidenses de energía que no especularan.
Biden insistió en que Estados Unidos y sus aliados y socios estaban completamente de acuerdo con la respuesta contra Moscú y que por ahora no había ninguna oposición evidente. Incluso el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, un admirador abierto de Putin, se alineó con las sanciones de la UE.