Colombia tiene en vilo la paz porque su promotor, el presidente Juan Manuel Santos, no fue capaz de decir no en su momento, lo que ha dejado al país inmerso en un polvorín que en cualquier momento puede estallar por los odios cultivados, y más cuando en 2018 habrá elecciones.
Sus adversarios manipularon su ego y cayó en la trampa porque ofreció más de lo que podía dar y ahora tiene al país pasando necesidades, porque, además de ser un populista, no pensó que el devenir económico, social y político podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
La baja de los precios del petróleo, la corrupción galopante, los acuerdos con los diferentes sindicatos para evitar un paro nacional promovido y financiado por la oposición que no aceptó, por envidia, que le entregaran un Nobel de Paz y la crisis social, política y económica de Venezuela tienen al borde del colapso al país.
Cerca de un millón de venezolanos han cruzado la frontera y se quedaron en Colombia para buscar un mejor vivir.
La mayoría de los que han cruzado la línea fronteriza son como langostas que asolan lo que encuentran a su paso y apelan a todo para solucionar sus problemas.
En la frontera de Venezuela con Colombia, por el sector de Cúcuta la medicina en los hospitales comenzó a escasear; y lo mismo pasa con los recursos para trasladar y dar de comer a los estudiantes venezolanos que son dejados en el puente fronterizo Simón Bolívar. A lo anterior hay que agregar que cientos de los migrantes son delincuentes, lo que ha disparado la inseguridad, lo que ha conllevado a la población a convivir con el miedo.
Los que encuentran trabajo gastan lo mínimo para su sustento y el resto del dinero lo envían a sus familias, por lo que el dinero no circula en la región y se va para Venezuela a través de remesas. Mientras esto ocurre en el lado colombiano, al otro lado de la frontera, el presidente Nicolás Maduro, con una dictadura consolidada, habla y habla, pero no soluciona los problemas de sus conciudadanos, generados por su gobierno.