Los últimos acontecimientos muestran que es evidente el espíritu belicista que rodea al mundo apoyado por los líderes de los países, quienes tienen patente para legitimar su uso para mejorar sus economías con un lenguaje populista y nacionalista que inculca odios y aparecer luego como salvadores.
En Estados Unidos, la matanza de Sutherland Springs (Texas), donde Devin Kelley acabó con la vida de 26 personas, hizo que el presidente Donald Trump dijera desde Japón, donde se encontraba de gira, “que Dios esté con el pueblo de Sutherland Springs”, en otra de sus frases populistas, como si Dios tuviera algo que ver en este lamentable hecho, cuando ha sido él, con su lenguaje y postura, el que ha originado más de un hecho violento.
En Bruselas (Bélgica), Carles Puigdemont, el destronado presidente de la Generalitat de Cataluña, le pidió a la Unión Europea, en un tono agresivo, que intervengan para impedir el golpe de Estado que el Gobierno de España le dio para impedir la independencia.
Olvidó Carles Puigdemont que tras las elecciones donde él y sus seguidores ganaron, hubo un ‘despertar nacionalista’ de los habitantes de Cataluña para señalar que no querían la independencia.
A lo anterior se sumó el deseo de los partidos más radicales de la oposición al Gobierno de Mariano Rajoy para que impidiera ese hecho.
En Colombia, la paz sigue estando en la cuerda floja, lo que es algo increíble, tras tener 53 años de conflicto.
En otros países, los acuerdos de paz fueron empujados por la sociedad civil, que obligó a los Gobiernos y a los rebeldes a buscar fórmulas de acuerdo, mientras que en nuestro país fue a la inversa, al punto de que los grupos políticos bregan para hacer méritos para que no se consolide utilizando las armas del lenguaje con el apoyo de los medios de comunicación para socavar el pensamiento de los ciudadanos, algo que es increíble porque son muchos los que caen en esas redes.
En el congreso, la paz se quedó sin escuderos, porque ahora todos quieren ser presidente. Y de Venezuela, es mejor no hablar.