Es lamentable que el presidente electo se haya expresado de México como un país en bancarrota por diversas razones: mostró incoherencia en su discurso (hace unos días dijo que recibía un país estable), evidenció desconocimiento de los indicadores económicos del país (las calificadoras no engañan o pierden dinero) y la poca cautela que tiene con sus palabras.
Sin embargo, ¿Por qué fue obligado a decir que México está en bancarrota?
De nueva cuenta, el peor enemigo de AMLO es él mismo. Sin entender su beneficio, las giras de agradecimiento consisten visitar los poblados que otorgaron el voto de confianza al candidato de Morena el pasado 1 de julio.
El problema de AMLO es que continúa en el papel de candidato y no de presidente electo. El domingo en Nayarit fue la primera advertencia del doble filo que implica utilizar los mítines en exceso; pueden ser efectivos para un candidato, pero muy riesgosas (en todo sentido) para un mandatario.
La gente le gritaba al hoy presidente electo: ¿Y los desaparecidos, qué? ¿Cuándo los apoyos? ¡Necesitamos ayuda! A la gente le urge saber cuándo llegarán las promesas hechas en campaña.
Lo que siguió fue negligente. Al verse rebasado, AMLO salió del brete señalando que el país está en bancarrota pero que serán cumplidas todas las promesas. La gente, el pueblo bueno y sabio, empieza a exigir de su presidente. AMLO ya se dio cuenta que muchas cosas no las podrá cumplir y tendrá que bajar expectativas.
Con malas decisiones como este irresponsable uso de las palabras, la confianza depositada en AMLO se puede convertir en un boomerang. AMLO debe dejar de recurrir a los cortafuegos.
¿Cuándo veremos a nuestro presidente investido como tal? ¿Cuándo dejará el papel del eterno candidato? Tal parece que el hombre que viajó por 12 años siendo la esperanza y solución de México, se acaba de percatar de los problemas del país.
La pubertad presidencial le puede salir muy cara a AMLO y a México.