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11 de noviembre 2019

Para mí, para los cineastas que llegué a amar, y para los amigos que empezaron a rodar películas al mismo tiempo que yo, el cine consistía en una revelación

A principios de octubre, en Inglaterra, la revista Empire me hizo una entrevista. Me preguntaron sobre las películas de Marvel. Contesté. Dije que había intentado ver algunas de ellas y que no eran para mí, pues se me parecían más a parques de atracciones que a películas tal como las he conocido y amado durante mi vida y que, al final, no creía que fueran cine.

Algunas personas han considerado la última parte de mi respuesta como insultante, o como prueba de mi odio hacia Marvel. Si alguien está decidido en interpretar mis palabras de esa manera, no hay nada que pueda hacer al respecto.

En muchas de las películas de franquicias trabajan personas con talento y maestría considerable. Se ve en la pantalla. El hecho de que los filmes como tal no me interesen es un asunto de gusto y carácter personal. Sé que, si fuese más joven, podría haber estado emocionado por estas producciones cinematográficas y quizás hasta hubiera querido hacer una. Pero crecí en el momento que lo hice y desarrollé un sentido de las películas –de lo que eran y de lo que podrían llegar a ser– que está tan lejos del universo Marvel como la tierra lo está de Alfa Centauri.

Para mí, para los cineastas que llegué a amar y respetar, y para los amigos que empezaron a rodar películas al mismo tiempo que yo, el cine consistía en una revelación. Una revelación estética, emocional y espiritual. Giraba en torno a los personajes: la complejidad de las personas y sus naturalezas contradictorias y a veces paradójicas, su capacidad para herirse y amarse unos a otros y, súbitamente, enfrentarse a ellos mismos.

Consistía en confrontar lo inesperado en la pantalla y en la vida que dramatizaba e interpretaba, y expandir la sensación de lo que era posible en esa forma artística.

Esa era la clave para nosotros: era una forma artística. En aquel momento había cierto debate al respecto, por lo que defendimos al cine
como un arte equivalente a la literatura, la música o el baile.

The New York Times 

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