A un día de la inauguración del mundial, las amenazas que se ciernen sobre el desarrollo del magno evento deportivo (que México dignamente sacó adelante en las dos ediciones anteriores que le tocó organizar en 1970 y 1986) no son pocas ni de poca importancia: los bloqueos de la CNTE, de los agricultores, las protestas de las Madres Buscadoras, las de los dueños de los palcos y las lluvias intensas son solo los factores de última hora que vienen a rematar la situación de fondo, en la que se incluyen la desidia y el desinterés en la preparación, acondicionamiento y reparación de la infraestructura y servicios requeridos para un evento del tal magnitud, para lo cual se tuvo un lapso de exactamente ocho años desde que fue anunciado por la FIFA en Moscú. El resultado: baches, reparaciones de último minuto y caos vial, pero eso sí, la masiva “decoración“ con esa abucheada mercadotecnia morada del ajolote.
Aparte del desinterés gubernamental por el deporte de las patadas (el decano de la “trastornación” impulsó alegremente otro: el del bate y la manopla), es perfectamente entendible que la monumental amenaza norteamericana que se cierne sobre el aparato gubernamental, con las imparables y cotidianas acciones e investigaciones sobre sus personajes, no deje espacio para mucho furor deportivo en el Palacio Nacional, sino más bien para el miedo de apersonarse en la inauguración para evitar incómodos abucheos.
Por su lado, el ánimo colectivo, ensombrecido por la inseguridad provocada por la inacción y la manga ancha con la que opera la delincuencia asociada al poder, el declive sostenido e imparable de los indicadores de la economía, la inversión, el empleo, la educación y la salud, tampoco corresponde al entusiasmo masivo que ameritaría semejante fiesta deportiva.
Pero ¿qué podría salir mal en un país infectado de muerte por el populismo criminal?
El“Fierrari” del Bienestar
El domingo pasado fue otro día para recordar. La presidenta Claudia Sheinbaum, con casco imaginario y sonrisa de ‘Checo’ Pérez del Bienestar, manejó por primera vez el Olinia 1. ¿Qué es Olinia? Según el Gobierno, es una apuesta por el desarrollo tecnológico nacional. Según los demás, es un carrito de golf jubilado, con puertas suicidas, con carrocería de Tupperware y diseño fusilado de China.
Roberto Capuano, coordinador del proyectito, dice que no es un coche ni una moto. ¿Tons, qué es? ¿Un Capybara? También dicen que es accesible (150 morlacos), para el mayor número de personas posible, sobre todo para el pueblo humilde que lógicamente no tiene ni para el gas, no les alcanza ni para un kilo de jitomate y no tienen luz en sus colonias. ¿Cómo creen que le harán para cargarle la pila al carrito, en el hipotético caso de que pudieran comprar uno?
La CFE no coloca el servicio en esos lugares, y cuando eres de los “afortunados” en tenerlo, los apagones se dan cada que llueve, hace aire o porque empieza un nuevo día.
La “cafeterita” alcanza una velocidad máxima de 50 kilómetros por hora. Un niño en ‘scooter’ lo deja viendo placa. Es más: un maratonista keniano lo rebasa trotando y todavía se detiene a tomar agua, y si te asaltan y se lo llevan, los alcanzas fácilmente. Bueno, alguna ventaja.
Si hablamos de seguridad, no tiene defensas, bolsas de aire, frenos ABS, cinturones con pretensores, carrocería deformable, control de estabilidad ni barras en puertas; creo que ni estéreo y, al ser eléctrico, este carrito no arranca con el clásico: ¡bombéale tres veces y le sueltas! Pero claro: es para el pueblo, y el pueblo, como ya sabemos, ¡es inmortal! Digamos que en esa cosa te matas, pero despacito.
Muchos pueden alegar que la presidenta lo manejó y no le pasó nada. ¡Pues claro! Lo manejó en ambiente controlado, en planito y bien cargadito de batería. Se lo hubiera llevado en día lluvioso al periférico, con los baches que más bien son socavones, y con un bonito tráiler o microbusero pegado atrás como supositorio.
Para rematar, el chiste se cuenta solo. Presentaron con bombo y platillo el “carrito de fricción” y… oh, sorpresa: resulta que bajo la ley actual… ¡no es un coche!
La NOM-194-SE-2021, esa aguafiestas neoliberal, exige cosas burguesas para comercializar un auto en México: ABS, control electrónico de estabilidad, monitoreo de llantas y protecciones contra impacto. O sea, lo mínimo para no matarte en el primer tope, y el Olinia no tiene nada de eso, es básicamente un patín con toldo y batería.
Pero, como en este Gobierno, primero inaugura y luego se ve si funciona. Ahora toca la segunda parte del milagro tecnológico: cambiar la ley para que el producto sea legal.
Pero ni angustiarse, ni enojarse… esa “mugrinola” estará disponible hasta 2027, porque no tienen lana para fabricarlo. En el inter, en las redes ya le pusieron el mote de “el Orina”.
“Malosos”, diría Ernesto Zedillo.
Le esperamos hoy a las 21:00 horas en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por ‘streaming’ en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí… para echarnos otro caldito.