El grado de hostilidad por parte del Gobierno estadounidense hacia México no se observaba desde los tiempos de Pancho Villa, en los que el revolucionario cruzaba la frontera para realizar diversas incursiones que movilizaron a las fuerzas armadas norteamericanas para su persecución, lo cual casi provoca una guerra entre los dos países. Un siglo después, la historia se repite pero con niveles de complejidad inusitados, producto de factores difícilmente imaginables por representar francos retrocesos, como la polarización desbocada hacia la extrema derecha en Estados Unidos y México, por su lado, cargándose hacia la pseudoizquierda populista y criminal.
Embates difícilmente previsibles provenientes de una potencia económica que, es más que sabido, mantiene a su propio crimen organizado dentro de su engranaje económico formal, al grado de que en ciertos rubros se da un abierto cabildeo en su Congreso, que busca obtener ventajas para determinados intereses de cuestionable reputación. De tal manera que el asunto contra el Gobierno mexicano (no contra México como país, como lo pretende hacer ver el morenismo), no es un tema necesariamente ético, sino de poder y dominio geopolítico y de blindaje contra amenazas criminales extranjeras, como ya se sabe en el mundo que el mexicano representa y cobija.
La pregunta que se hacen los analistas es hasta qué punto el Gobierno de la República llevará la confrontación con el Gobierno de Trump llevándose entre las patas a la economía y al estrecho entramado comercial e industrial que ha permitido el surgimiento y permanencia de numerosos sectores productivos por años. ¿Hasta donde están dispuestos a descarrilar el futuro del país con tal de salvar a su secta saqueadora?, lo cual de cualquier manera se antoja poco probable ante el demoledor despliegue judicial, militar y tecnológico del que no han parado de hacer gala los norteamericanos, como el de hace unos días contra un importante capo venezolano.
No esperaremos mucho para atestiguar manotazos cada vez más contundentes contra la clase política mexicana, acometidas que ni por el mismísimo mundial de futbol se detendrán.
¿Shakira o lentejuela? Lo que prometió ser una inauguración, terminó en kermés VIP.
Dicen que el Mundial México 2026 arrancó con el pie izquierdo. De entrada, en la inauguración, una “Shakira” que, según el VAR de las redes sociales, venía directa de TEMU con envío gratis. La doble que salió al escenario entre humo y un par de lentes oscuros, mismo que jamás se quitó y lo más notorio fue que no bailó como acostumbra, con su icónico movimiento de caderas que hace que a los hombres les arrastre la quijada y las mujeres nos retorzamos de envidia. Hasta este momento, no se sabe al 100 por ciento si la que se presentó en ese estadio fue Shakira o nos dieron lentejuela. La FIFA dice que sí era. La señora de los elotes dice que no. Empate técnico.
Todo mundo criticó que la inauguración mundialista fuera económica, que más bien pareció un festival de primaria de escuela de Gobierno o palenque de feria de pueblo, pues hasta la Belinda estuvo. Aunque si de austeridad se trataba, mejor hubieran puesto una bocina Bluetooth y un Spotify familiar. Salía más barato y menos bochornoso.
Por fuerza había que cantar el himno nacional, gracias a Dios no se atrevieron a llevar a Julieta Venegas, y tuvieron a bien llevar a Alejandro Fernández, quien afortunadamente cantó el himno sin problema y llegó en sus cinco sentidos, ya que es del dominio público que a los palenques de Querétaro llega en modo automático y con tequila en vena. Aunque como observación, le comento que el himno no se canta con la mano en el pecho con el saludo a la bandera, como lo hizo él. ¡Que alguien le explique!
A pesar de lo barato del espectáculo, en el estadio no se respiraba pobreza, ya que es más que conocido que el costo de los boletos era para gente altamente pudiente, aunque, aquí entre nos, creo que muchos llegaron con un solo riñón y esquivando las manifestaciones de la CNTE, porque en México, si no hay plantón, no es evento nacional.
Qué pena lo que tuvo que ver el mundo, aunque he de reconocer que sí hubo algo rescatable… el gran Andrea Bocelli, a quien pusieron a hacer un dueto (no sé por qué) con una cantautora surcoreana, EJAE, de ‘Las guerreras K-pop’. Ni idea de quién es, pero cumplió.
Bocelli, como siempre, ¡de primera!, y lo mejor es que no vio el desorden, ni una CDMX a medio pintar de morado y amarillo, ni los ajolotes, ni las estatuas de futbolistas tiradas y encueradas, ni las manifestaciones, ni el candelabro del Metro, ni cómo todo el mundo tampoco vio a la presidenta de México ni a ningún representante de peso por parte del Gobierno. ¡Qué pena si lo hubiera visto!
Porque “la Clau” y “Clarita” estaban encerradas como dos doñitas viendo el partido en un parque adaptado con pantallota, y solo faltó que sacaran su puesto de quesadillas y el pozole.
En cambio, la que se apersonó con clase a dar el banderazo de arranque fue Salma Hayek. ¿Será que ya la utilizarán como representante de la presidenta para eventos incómodos?
Le esperamos hoy a las 21:00 horas en la KJeta por el Canal 10 de RTQ en señal abierta y de cable, y por ‘streaming’ en rtq.mx. También le recordamos que tenemos una cita la próxima semana aquí… para echarnos otro caldito.