Muchas de las actividades de ‘marketing’ de campaña tradicional han llegado a su fin.
Javier Esquivel
Se termina la campaña electoral. Estamos a menos de tres semanas aun contando los días de la veda electoral. Se quedaron atrás las etapas donde los cuartos de campaña trabajaron para elevar el nivel de conocimiento de sus candidatas y candidatos.
Atrás quedaron también los episodios en los que se buscaba mejorar la valoración de opinión, ese juego estratégico de aumentar la imagen positiva propia y acrecentar la imagen negativa del contrincante electoral, sin dejar de mencionar los intentos fallidos de mejorar el nivel de aceptación o de rechazo de los partidos políticos.
También se terminó el momento en el que se definieron las metas electorales. Los capítulos en los que se hicieron pronósticos, estimaciones y cruces con elementos entre la aprobación de Gobierno estatal y federal. Toda esa actividad de escritorio y de campo para analizar las problemáticas y relanzar propuestas segmentadas a la ciudadanía también terminaron.
Muchas de las actividades de ‘marketing’ de campaña tradicional han llegado a su fin. Lo que no se conquistó en su momento difícilmente cambiará. El voto indeciso de último momento siempre existirá, pero lo que no se modificó en su oportunidad difícilmente puede cambiar una tendencia electoral.
Los datos indican que la abstención en procesos intermedios ronda entre el 49 y 50 por ciento y difícilmente los institutos electorales en menos de tres semanas podrán animar al ciudadano a romper dicha barrera.
Las narrativas de las campañas en lo local polarizaron el ánimo y el humor social; la batalla entre partidos, entre bloques, también abonó a que exista ese pronóstico de participación. Se dedicaron a la confrontación, mas no alentar a la participación.
No obstante, vienen etapas para la agonizante etapa de las campañas, mas no para el proceso electoral que termina con la validez de los resultados y entrega de constancias de mayoría para las candidatas ganadoras y los candidatos ganadores.
Cada una de ellas conlleva riesgos, retos y oportunidades, ya que implica transparencia, rendición de cuentas, la total aplicación de la ley para no rebasar los topes de campaña y no incurrir en delitos electorales.
Las siguientes horas restantes de la campaña se destinarán a la promoción y petición del voto, a la operación electoral, a la revisión de las estructuras territoriales, horas y minutos para hacer restas y sumas de lo conseguido hasta ahora.
Para esta etapa. los equipos de comunicación y propaganda también destinarán la última parte de sus presupuestos para la generación de contenido, contratación de pautas, pago por menciones en redes sociales, propaganda en exteriores y comunicación directa vía ‘call centers’, SMS o aplicaciones de mensajería directa. Todo ello, sin rebasar los topes legales de campaña.
Esta etapa mediática implica estrategia y una escrupulosa rendición de cuentas, ya que muchas de las anomalías detectadas por las autoridades se relacionan con el pago no detectado a medios de comunicación y a la difusión de encuestas que les favorezcan a los partidos. Existe evidencia de que la mayor parte de los recursos para esta etapa no son transparentados con la pulcritud que lo amerita.
La falta de una estrategia correcta y la ocurrencia de los encargados de esta importante tarea en las campañas han fomentado la viciosa y dañina relación de medios y candidatos durante los procesos electorales.
Otro punto álgido de las campañas electorales es sin duda la etapa de operación electoral por la cantidad de recursos económicos y humanos que se emplean. El encarecimiento de las campañas políticas deriva justo en este punto de las campañas electorales, donde por falta de arrestos y estrategias de campaña los partidos en desventajas de rentabilidad electoral recurren a prácticas clientelares.
La vigilancia de las autoridades electorales se debe agudizar en este episodio electoral para evitar la comisión de delitos como la movilización, la inhibición y compra del voto.
Pocos son los casos en los que las candidatas y candidatos logran ganar sin una buena estrategia de operación electoral y de operación territorial el día de la elección. Para hacerlo se necesitan –además de una buena estrategia de campaña– factores de ánimo social muy marcados para incidir al elector a otorgar un voto masivo de castigo como en el año 2000 o como en las últimas elecciones presidenciales donde Morena, sin una estructura sólida, arrasó a nivel nacional.
La batalla en la arena de la operación electoral en Querétaro se dará en aquellos escenarios donde exista una competencia electoral cerrada como es el caso de algunos municipios y en algunos de los distritos federales y locales.
Quien tenga mayor organización y capacidad de operación electoral puede llevarse la victoria en esos territorios. Aunque siempre hay anomalías y falta de fidelidad de las estructuras o presencia de los mercenarios electorales que cambian de parecer antes de la elección. Mucho que analizar en Querétaro para los próximos días.
Apuntes del consultor.
Nuestro rechazo total a la violencia política que amenaza los procesos electorales y la seguridad en las campañas electorales.