Nos hemos enfocado tanto al manejo de los espacios vehiculares de la calle, que se nos olvida que debemos priorizar la circulación peatonal
Jorge Roberto Javier Tortajada
Algo que siempre nos recuerdan las épocas de lluvias, es la limitada capacidad que existe para contener el flujo del agua y, por consiguiente, como suele quedarse estancada en las franjas de las calles, limitando así nuestro libre caminar.
Una parte medular de la habitabilidad de una ciudad es que sea integral e inclusiva, que facilite el libre tránsito con una accesibilidad universal. Cada día nos enfrentamos a retos de movilidad peatonal por la ausencia o el deterioro de las banquetas de nuestra ciudad.
Parte de las funciones de estos elementos es el resguardo directo ante los automóviles pero, por encima de eso, deber proporcionar el espacio adecuado para poder transitar de manera cómoda y sin obstáculos pensando, por ejemplo, en eventos tan particulares como la inundación de calles.
Nos hemos enfocado tanto al manejo de los espacios vehiculares de la calle, que se nos olvida que debemos priorizar la circulación peatonal. Pareciera que la planeación de la infraestructura urbana empieza desde el arroyo vehicular hacia fuera, dejando espacios ínfimos para poder caminar de manera segura, con suficiente iluminación, señalización en una escala humana, arbolado suficiente y un mobiliario urbano que facilite el caminar, logrando así un perfil de ciudad amigable con el peatón.
Seamos conscientes que primero caminamos y luego manejamos; que un buen desarrollo urbano orientado al peatón abona a la funcionalidad y escala de la ciudad, a visitarla, a observarla y a vivirla plenamente.