En el Libro VIII de La República, Platón avizora una democracia integrada por una sociedad marcada por una profunda división socioeconómica en la que los pobres permanecen en ese estado sin posibilidad de desarrollo
Mario Maraboto
Recién me referí a la Sátira de Juvenal sobre el pan y el circo. En esta ocasión me referiré, de manera introductoria, a la Sátira VI en la que el poeta pregunta “¿Quién cuida al cuidador?” al cuestionar la integridad de los guardias enviados a garantizar la fidelidad de la esposa.
Con el surgimiento de las democracias dicha pregunta se transformó en ¿Quién vigila a los vigilantes? en referencia a los jefes de estado como responsables de vigilar el bienestar de sus gobernados.
En el Libro VIII de La República, Platón avizora una democracia integrada por una sociedad marcada por una profunda división socioeconómica en la que los pobres permanecen en ese estado sin posibilidad de desarrollo, en tanto que los ricos cercanos a la cúpula del poder se siguen enriqueciendo a costa del sudor de los pobres y de las clases medias.
Como resultado, dice, se generará en el pueblo un ansia de libertad y un cierto odio hacia los líderes políticos, quienes se protegerán con “guardaespaldas” (que hoy conocemos como Poder Judicial). Elegido por el pueblo en su afán de una vida mejor, el líder principal, al amparo de esos guardaespaldas, buscará permanecer en el poder y para mayor protección hará alianza con el ejército. Empezará así una tiranía que, paradójicamente, surge de la democracia. En busca de un cambio que le de bienestar, el pueblo creará un monstruo.
Lamentablemente ese tirano es el vigilante, mismo que, a través de la palabra, buscará convencer a sus gobernados de que su “verdad” y sus decisiones son para el bienestar del pueblo; una “verdad” que lo mismo empleará para atacar al adversario que para disfrazar fracasos culpando a otros, engañar con verdades a medias y ocultar corruptelas propias, entre otros convenientes usos. En alguno de sus diálogos Platón también habla de la mentira verdadera y la mentira noble. Explica que corresponde al Estado administrar las mentiras y que los gobernantes están autorizados para usar el engaño en buena cantidad para beneficio de los gobernados.
En México ese vigilante tiene nombre, ha sido investido como Presidente de la República y parece que ha leído a Platón (lo dudo). En “beneficio” de sus gobernados fabrica enemigos como los medios de comunicación; organiza rifas para “el bienestar del pueblo”; dice devolver al pueblo lo robado (por los otros) pero en realidad no se devuelve nada; acusa sin evidencia a los corruptos del pasado, pero defiende a los del presente; anuncia complots y golpes de estado infundados; “compra” voluntades con dinero como “acto de justicia” para jóvenes y mayores de edad, y habla de traición cuando no se está de acuerdo con él.
De igual forma dice respetar la separación de poderes, pero se vislumbra un posible sometimiento de los otros dos poderes y de las fuerzas armadas, y promulga leyes que aparentan beneficiar al pueblo pero que solo le favorecen a él en afán de mantener el poder.
La democracia representativa en México ha sido sustituida por la democracia participativa, pero no aquella en la que se permite una participación ciudadana mayor sino ésta en donde el presidente parece decir: les participo que se hará mi voluntad; les participo que habrá un tren maya; les participo que construiremos una refinería; les participo que vamos a crear un nuevo aeropuerto; les participo que es conveniente prorrogar dos años al Presidente de la Suprema Corte de Justicia, y etcétera.
¿Quién vigila al vigilante? Muchos confían en el propio vigilante y algunos dicen que los otros poderes. Lo cierto es que quienes más vigilan a este vigilante son las organizaciones no gubernamentales, la iniciativa privada, y de manera evidente, los medios de comunicación independientes y no sometidos al vigilante. Tan lo vigilan que por eso los desprecia.